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Decrecimiento económico para un desarrollo social sostenible: una idea que gana terreno

El estilo de vida de la sociedad contemporánea está estrechamente ligado al crecimiento económico ilimitado y al consumismo como motor de ese crecimiento. Esta ecuación implementada durante décadas ha generado diversos problemas ambientales, y algunos autores también lo vinculan con la desigualdad social. En respuesta surge la teoría del decrecimiento económico para un desarrollo social sostenible, una idea que ha trascendido el ambiente académico y ya se debate en el ámbito público y gubernamental.  
Por Maico Martini.
Periodista Ambiental.

La humanidad consume mucho más de lo que La Tierra es capaz de proveernos: se estima que consumimos un 75% más de lo que nuestro planeta puede sostener a largo plazo, si esta situación persiste, tarde o temprano, el mundo sufrirá un colapso ecológico que repercutirá en todas las aristas de nuestra civilización.

Algunos recursos renovables son consumidos a una rapidez tal que los ecosistemas no son capaces de regenerarlos, por ejemplo, el agua dulce. Otros recursos son finitos e indefectiblemente algún día se van a terminar, que hoy se esté debatiendo acerca de la minería submarina es el mejor ejemplo de que los yacimientos minerales continentales están agotándose, algo similar sucede con el petróleo. El principal recurso energético de nuestra civilización es utilizado para fabricar cosas tan trascendentales como un sorbete. Todo en pos de un crecimiento económico persistente e ilimitado en busca de la máxima rentabilidad y ganancia.

El crecimiento económico constante es el modelo imperante en el mundo, y puede entenderse como un aumento sostenido en la producción de bienes y servicios, que se traduce en el Producto Bruto Interno –PBI- de un país o del planeta en general, según esta lógica: a mayor PBI, mayor calidad de vida goza una población. Paralelamente, la producción en constante incremento requiere de un consumo en persistente aumento. Sin embargo, así como los recursos planetarios son finitos, la capacidad de consumo de la humanidad tiene un límite. Para solucionarlo aparece el consumismo y la cultura del descarte.

Hace unos 100 años, en Estados Unidos surgió el consumismo como el motor de un crecimiento económico constante. El auge de la clase media estadounidense, la mecanización de las fabricas y el abaratamiento de los productos, junto a un masivo bombardeo publicitario, sentaron las bases para una sociedad de consumo, mientras tanto la influencia norteamericana a nivel internacional propagó el consumismo en el resto de occidente, que finalmente se convirtió en un modelo global. Paralelamente, mientras el consumismo iba ganando terreno, el Clan Phoebus –conglomerado de las principales empresas electrónicas del momento- instaló la Obsolescencia Programada fabricando productos diseñados para romperse en un corto plazo, obligando a los consumidores a comprar más seguido.

Varios años más tarde, ya en la década del 1950, comenzaron a comercializarse productos diseñados para usarse una sola vez, y la cultura del descarte empezó a asentarse. Empresas como McDonald´s revolucionaron la industria gastronómica y popularizaron la vajilla descartable, poco después empresas como Coca Cola abandonaron las botellas retornables e impusieron aquellas de un solo uso. Con el paso del tiempo, los productos descartables fueron ganando terreno frente a los duraderos y retornables, hasta llegar a la actualidad donde tenemos naturalizado que las cosas duren poco.

Este combo consumista de productos con obsolescencia programada o diseñados para usarse una sola vez no solo aumenta la extracción de recursos del planeta, sino que incrementa la generación de basura, evidentemente esto acarrea un sinfín de consecuencias ecológicas y sociales. Entonces, ante la evidencia de las negativas consecuencias socioambientales del modelo de crecimiento económico constante, a principios del siglo XXI comienza a popularizarse una idea: el decrecimiento económico.

Como es de esperar, los promotores del decrecimiento económico tienen fuertes críticas al modelo de crecimiento constante, sostienen que este modelo incrementa la inequidad social, posibilita la concentración de las riquezas y perjudica al ambiente.

Jason Hickel, antropólogo económico y escritor británico, dice en uno de sus artículos que “la historia del capitalismo nos revela que el crecimiento -económico- siempre ha dependido de la parcelación de los bienes comunes”, es decir que se dividen y privatizan los recursos. Uno de los ejemplos que da el autor es el de la parcelación de las tierras: las tierras comunales han sido históricamente utilizadas para la agricultura de subsistencia, pero la parcelación privatiza las tierras y obliga a los campesinos a trabajar más para poder seguir accediendo a las tierras y trabajarlas.

A finales del siglo XIX Inglaterra vivió un importante proceso de parcelación, entonces aquellos que antes trabajaban la tierra libremente, ahora la tenían que alquilar. Los arriendos se concedían en base a la productividad y se re-evaluaban periódicamente, razón por la cual el campesino se veía obligado a aumentar la producción frente a sus competidores para seguir teniendo acceso a la tierra. Este modelo se replicó en la mayoría de colonias europeas.

Esto genera una escasez artificial, en el sentido de que la tierra y los recursos siguen estando allí; pero a la gente común se le hace más difícil acceder a ella, obligando al sujeto a trabajar más y producir más para acceder a eso que antes le era accesible, sostiene el autor.

“Hoy las personas siguen sintiendo la fuerza de la escasez bajo la permanente amenaza de desempleo”, advierte Hickel. Los trabajadores deben ser cada vez más disciplinados y productivos si no quieren perder su trabajo a favor de alguien más productivo y necesitado. Pero esto conlleva una paradoja: mientras más sube la productividad menos personas se necesitan para producir los mismos bienes y servicios. El Estado, desesperado por reducir el desempleo y evitar una crisis sociopolítica, busca favorecer la creación de puestos de trabajo haciendo crecer la economía, y la sociedad suele votar a los políticos que más creíblemente lo prometen. Entonces, la escasez crea partidarios del crecimiento económico ilimitado.

No obstante, Hickel sostiene que el crecimiento económico nunca resolverá la escasez, ya que, en lugar de traducir los beneficios de la gigantesca productividad en jornadas laborales más cortas y salarios más altos, la elite ha captado los beneficios para sí mismos. De esta forma, el modelo transforma las ganancias más espectaculares no en abundancia y libertad humana, sino en nuevas formas artificiales de escasez que hacen que el engranaje siga girando.

Esta escasez también opera en el plano del consumo: el modelo de crecimiento económico infinito necesita encontrarle un consumidor al aumento de la producción, para ello se aumentan los deseos de los sujetos mediante sofisticadas campañas de marketing con el objetivo de manipular las emociones y la psicología de las personas para crear nuevas “necesidades” de productos que les proporcionan un sentido de autoestima, estatus, identidad, etc. Por otro lado, la Obsolescencia Programada pone en el mercado productos con una corta vida útil que deben sustituirse más rápidamente de lo necesario, la obsolescencia puede operar fácticamente (un teléfono) o socialmente (la moda). Otra forma consiste en reducir el desarrollo de los bienes públicos para que la gente tenga que usar los privados.

Otro factor de la escasez artificial es el gigantesco desperdicio, hay ocasiones en las que la sobreproducción no encuentra un mercado, lo lógico sería bajarle el precio y liquidar los productos que no han sido vendidos; pero algunas empresas prefieren destruirlos. En el rubro de la moda algunas marcas de “alta gama” prefieren destruir los productos que no han sido vendidos en lugar de liquidarlos, esto con el objetivo de no desprestigiar la imagen de lujo y exclusividad que proyectan. Marcas como Burberry han admitido que destruyen el excedente en lugar de rebajarlo, ya que lo último que desean es que su marca sea percibida como de descuento o popular, puesto que su clientela les demanda exclusividad.

Basural a cielo abierto de ropa usada. Desierto de Atacama, Chile. /BBC/.

Mientras, empresas como Amazon destruyen miles de productos semanalmente porque a los vendedores les sale muy cara la cuota por utilizar los almacenes de la empresa, y mientras más tiempo permanezcan en el almacén más tienen que pagar: entonces en determinado momento deciden deshacerse de los productos. Una investigación de la televisora británica ITV News, denuncia que en uno de los almacenes que la empresa tiene en el Reino Unido, Amazon destruye unos 130.000 artículos en perfectas condiciones por semana. Según la lógica, regalar o rebajar los precios generaría un desequilibrio económico: es mejor destruirlos.

Como observamos anteriormente, esto obliga al sujeto a trabajar en jornadas innecesariamente largas, desencadenando una escasez del tiempo. La falta de tiempo obliga a las personas a pagar por servicios que pudieron haber satisfecho por ellos mismos, como cocinar, limpiar el hogar o cuidar de sus hijos.

A grandes rasgos, así funciona el crecimiento económico ad infinitum, según Hickel. Por su parte, los miembros de la Escuela Francesa del Decrecimiento sostienen que este modelo está destinado a colapsar. Serge Latouche, economista y filósofo francés, lo resume de la siguiente manera: “Quien crea que un crecimiento ilimitado es compatible con un planeta limitado, o está loco, o es economista”.

Mina a cielo abierto La Alumbrera. Catamarca, Argentina. /Visión desarrollista/.

Los ‘decrecentistas’ explican que el modelo de crecimiento económico constante e ilimitado proviene de una época en la que los recursos eran abundantes, lo que daba una falsa sensación de infinidad, y advierten que la situación actual es muy diferente a la de hace unas décadas. Inclusive ponen en duda el concepto de Desarrollo Sostenible, ya que este actúa bajo la misma lógica, pero con una simbólica intención de crecer en armonía con la naturaleza.

En respuesta, el decrecentismo propone un sistema económico cuyo objetivo sea garantizar y satisfacer las necesidades humanas básicas, en lugar del actual sistema que tiene como principal propósito aumentar la rentabilidad y las ganancias que finalmente se concentran en pocas manos.

Para ello, proponen una serie de medidas que incluyen redistribución de la riqueza, reducción de la jornada laboral, garantías de trabajo y salarios dignos, ampliación de la riqueza pública, implementar una economía circular eficiente y eliminar el consumo que no aporta beneficios sociales, entre otras reformas. Cada autor mantiene perspectivas diferentes acerca de la implementación del decrecimiento.

Más allá de ello, podemos concluir que el decrecimiento propone una reorganización radical en la economía. Si ya conocemos las consecuencias sociales y ecológicas del crecimiento infinito: no tiene sentido intentar solucionarlas bajo el mismo sistema, es más inteligente reorganizar la economía.  

Con las reformas que proponen, Hickel asegura que “las personas podrían trabajar menos sin ninguna perdida en su calidad de vida: se reduciría la producción de cosas innecesarias y consecuentemente habría menos presión para producir y consumir. Mientras tanto, con más tiempo libre, las personas podrían divertirse, disfrutar de la compañía de los suyos, cooperar con sus vecinos, cuidar a sus amigos y familiares, cocinar comida sana, hacer ejercicio y disfrutar de la naturaleza”. Como resultado la economía produciría menos, pero a su vez requeriría menos.

Cabe subrayar que el decrecimiento no guarda ninguna relación con una recesión o la propuesta de austeridad, y sus impulsores se han encargado de dejarlo en claro. Ya que una recesión es una contracción temporal de la economía, una crisis que es consecuencia del modelo económico actual que necesita del crecimiento constante para mantenerse estable, por su parte, la austeridad propone recortes en los gastos públicos para motivar y activar el crecimiento económico: el decrecimiento propone un modelo completamente diferente.

Los defensores del crecimiento constante y la competencia argumentan que gracias a ello las empresas y Estados compiten entre sí para innovar en tecnologías superadoras. Los decrecentistas sostienen que el humano busca auto-superarse constantemente, y que es mejor invertir directamente en la innovación y la tecnología, en lugar de que la innovación sea consecuencia de un incremento económico y competencia permanente.

A grandes rasgos, esta es la teoría del decrecimiento económico para un desarrollo social. Esta idea surgió en el ámbito académico, pero hoy ya se debate en el ambiente público y gubernamental. Actualmente la Unión Europea –UE- está financiando investigaciones científicas sobre este disruptivo modelo, mientras el presidente de Irlanda, Michael D. Higgins, instó a reequilibrar la economía, la ecología y la ética a través de una drástica reducción de la producción y el consumo.

En esa sintonía, en mayo del 2023 dieciocho diputados de la Eurocámara han solicitado que el parlamento de la UE empiece a debatir la posibilidad de adoptar este modelo económico y a formular políticas que midan el progreso y el desarrollo humano más allá del PBI, puesto que el Producto Bruto Interno solo mide la producción y el consumo en conjunto; pero no necesariamente es un indicador del desarrollo humano y del bienestar de las personas.

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