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Mercado del agua: especulación y mercantilización del elemento vital

Desde 2020 el agua cotiza en la bolsa de valores de Nueva York y en el Nasdaq, los corredores compran y venden contratos de agua futura que no necesariamente se corresponden con la cantidad real de agua disponible. En paralelo, más de 2.200 millones de personas en todo el mundo no cuentan con un acceso seguro y estable a agua potable.
Por Maico Martini.

El agua es la base de toda la vida de la Tierra y de todos los aspectos de la civilización humana, sin agua el mundo tal y como lo conocemos no existiría, sin agua nuestro planeta sería un páramo similar a Marte. Sin embargo, cuando hablamos de agua, usualmente pensamos que es imprescindible para satisfacer nuestras necesidades básicas, como hidratarnos, higienizarnos o cocinar nuestros alimentos.

Pero, en realidad, el elemento vital sostiene todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida moderna: los ladrillos de tu casa, la silla en la que estás sentada, la olla con la que cocinas; el gas que usas para preparar tu comida, la ropa con la que te vistes; el dispositivo con el que lees esto… todo requirió grandes cantidades de agua para producirse.

A nivel mundial, se estima que el 70% del agua disponible se destina a la agricultura, el 20% a la industria y el solo el 10% al consumo doméstico. Es decir, que la mayor parte de nuestro consumo hídrico es indirecto, algo que suele pasar desapercibido para muchos.

Sin embargo, a pesar de ser un recurso esencial y un Derecho Humano consagrado por Naciones Unidas, en muchos países el agua está privatizada o semiprivatizada y, desde el 2020, los corredores de bolsa pueden especular en el mercado de futuros del agua augurando obtener jugosas ganancias. El índice NQH2O de Wall Street ha mostrado una dinámica fluctuante desde su creación, al tiempo que cada vez más traders invierten en él esperando obtener un rendimiento favorable, como analizaremos en detalle más adelante.

La apropiación de un bien común

En el seno de las Naciones Unidas existe, en torno al agua, una contradicción difícil de ignorar: por un lado, se consagra como un Derecho Humano, por otro, se la reconoce como un bien económico.

En 1992, en Dublín, se celebró la Conferencia Internacional sobre Agua y Desarrollo Sostenible. Allí, los delegados nacionales incluyeron en la declaración del encuentro que “el agua tiene un valor económico en todos sus diversos usos en competencia a los que se destina y debería reconocerle como un bien económico”, consagrando la apropiación comercial y financiera del agua en el ámbito internacional. Anteriormente, tanto en Chile como en Inglaterra, ya se habían diseñado los andamiajes jurídicos que legalizaron la privatización del agua.

En 1981, el Código de Aguas de Chile definió al agua como un bien económico y estableció un régimen de derechos de uso, amparado en la reforma de la Constitución redactada un año antes por la dictadura de Augusto Pinochet. Una de las principales consecuencias, que se mantiene hasta el día de hoy, es la concentración de derechos de uso, el acaparamiento y la especulación por parte de los usuarios con mayor poder económico, en detrimento de los pequeños y medianos productores agrícolas o industriales.

Años más tarde, en 1989, Inglaterra se convirtió en el primer país del mundo en privatizar el sistema de distribución de agua potable y saneamiento, bajo la administración de Margaret Thatcher, con un modelo de arrendamiento y concesión del agua por parte de las autoridades municipales a empresas privadas. La iniciativa trascendió las fronteras británicas y, a inicios de la década del 1990, en Australia, en Argentina, en algunos Estados de Estados Unidos y en España también se concesionó, en parte, el servicio de distribución de agua potable.

En Argentina, la Provincia de Corrientes se convirtió en pionera al llevar a cabo la privatización del servicio del agua en 1991, a ella le siguió la privatización de Obras Sanitarias de la Nación, la empresa más grande del sector, en 1993. Luego, en 1995, la experiencia se replicó en Formosa, Tucumán y Santa Fe; en 1997 en Santiago del Estero y Córdoba, en 1998 en Mendoza; en 1999 se sumaron Misiones y Buenos Aires, en el 2000 Catamarca y en el 2002 La Rioja. Por entonces, en casi la mitad de los distritos del país el servicio de agua de red estaba parcial o totalmente en manos privadas.

El principal argumento fue que la administración estatal del servicio era ineficiente y que la gestión por parte de empresas privadas sería más eficaz. Sin embargo, en la mayoría de los casos las privatizaciones no fueron favorables a los objetivos de universalización del servicio, las inversiones ni se acercaron a las estipuladas en los contratos de concesión y, además, se encarecieron las tarifas y se recurrió al corte del servicio a aquellos que no pudieron abonar la factura, exponiendo a la salud y el bienestar de la población.

Tras la crisis económica, política e institucional de inicios del siglo, la mayoría de prestadores privados se retiraron del esquema y, para 2022, solo había concesiones privadas en Corrientes, Córdoba, Misiones y Santiago del Estero. Por ejemplo, en 2006 se reestatizó Obras Sanitarias de la Nación, que pasó a llamarse Aguas y Saneamientos Argentinos –AySA- y que actualmente provee del servicio de agua potable a más de 14 millones de personas. Hoy, bajo la oleada privatizadora del gobierno de Javier Milei, se busca privatizar nuevamente a AySA por entre 400 y 500 millones de dólares.

Actualmente, casi 30 años después, la distribución del agua de red casi no ha mejorado, ni con gestión privada ni con administración estatal: mientras que para inicios de los ’90 casi el 28% de los hogares del país no contaban con suministro de agua de red, hoy el déficit de cobertura es del 22,2%. Una leve mejoría del 5.8% en más de tres décadas.

Botellas: el agua como objeto de consumo

Las deficiencias en el sistema de distribución del agua potable, por las limitaciones territoriales de la red y por su calidad muchas veces cuestionada, sentaron las bases para un mercado de agua embotellada en constante expansión.

La industria del agua envasada surge a fines del siglo XVIII en Europa, como un producto de uso terapéutico por sus propiedades medicinales, ofreciendo agua mineral de gran pureza para quien pudiese pagarla.

Pero, a partir de la década del 1970, el agua embotellada dejó de ser un producto exclusivo para transformarse en una mercancía de consumo masivo. Por entonces, el volumen de agua embotellada vendida a nivel global era de unos 1.000 millones de litros, para finales del siglo XX la cifra ascendió hasta los 84.000 millones de litros y, para inicios del siglo XXI, el consumo se estimaba en 148.000 millones de litros anuales, el equivalente a llenar casi 60.000 piscinas olímpicas.

Este rápido crecimiento de la industria de agua envasada es multicausal. Por un lado, en muchas ciudades el agua que llega a las canillas es de una pésima calidad, con un excesivo olor a cloro o con una considerable turbidez, lo que lleva a muchas familias a beber y cocinar únicamente con agua envasada. Además, muchos barrios, generalmente periféricos, sufren cortes intempestivos en el servicio, forzando a la gente a comprar agua embotellada como una medida de emergencia.

En esa línea, en muchas ciudades es una odisea encontrar un bebedero público funcional en las plazas o en los parques, por lo que muchos transeúntes se ven en la necesidad de comprar una botella de agua para saciar su sed.

Por otra parte, la industria invierte sumas millonarias en marketing para promocionar el agua embotellada: resaltando las propiedades únicas del agua mineral, ofreciendo un “agua inteligente” que es idéntica a la de la competencia, vendiendo un agua con bajo sodio o publicitando un líquido ionizado.

En Argentina, se estima que se consumen 22 litros anuales de agua embotellada per cápita y unos 114 litros si se incluyen las aguas saborizadas, situándose en el segundo lugar de la región de consumo de agua envasada, por detrás de Brasil. Las empresas dominantes del sector corresponden centralmente a capitales trasnacionales, como Danone, Nestlé o Coca-Cola Company, que coexisten con numerosas pequeñas empresas que operan localmente.

Aunque la mayor parte del agua embotellada se destina al mercado interno, también se exporta. En el periodo 2010 – 2019, Francia se posicionó como el principal comprador de agua mineral argentina, también se incrementó la exportación de aguas saborizadas a Chile. 

La mayoría de las empresas extraen el agua de los acuíferos subterráneos o de vertientes de montaña, aunque también se observa un crecimiento del “agua de mesa” que es, básicamente, agua de red filtrada y mineralizada artificialmente. La principal consecuencia de este modelo es que requiere de ingentes cantidades de plástico y, por consiguiente, genera miles de toneladas de basura que, a su vez, contamina el agua. Además, la extracción desmedida y sin fiscalización puede generar conflictos en diversas localidades de la región.

Саша Круглая /Pexels/.

Mercados de futuros: la financiarización del agua 

Chile fue pionero al instalar un sistema que concibe al agua como un bien económico y que establece un esquema de derechos de uso del agua, creando un régimen de asignación del agua totalmente subordinado a la lógica del mercado, donde los grandes grupos económicos acaparan gran parte de los derechos de uso en detrimento de los pequeños productores y de las medianas empresas. Esa arquitectura jurídica fue el cimiento necesario para que, décadas después, emergiera la lógica especulativa del mercado bursátil.

Aunque el ejemplo chileno es el más paradigmático, el caso australiano llama la atención porque se trata del territorio más árido del mundo donde prevalecen los derechos del agua en manos privadas, el Estado participa mediante la compra de derechos para garantizar reservas de agua, pero no la posee. Así, los banqueros de inversiones se convierten en dueños de grandes volúmenes de agua, que rentabilizan como si arrendaran la tierra.

La principal consecuencia fue la concentración de las tierras y del sistema agroindustrial australiano: tras la imposición de este modelo muchos pequeños y medianos productores no pudieron hacer frente a los elevados gastos para darle de beber a su ganado o regar sus cultivos, viéndose obligados, en muchos casos, a vender sus tierras a las grandes corporaciones agroalimentarias.

Por su parte, el ejemplo californiano es emblemático porque de allí surge el índice NQH2O que cotiza en la bolsa de valores de Nueva York y en el Nasdaq. El mercado de derechos de agua en California surge tras la extrema sequía sucedida a fines de los ’80 y principios de los ’90, con la excusa de asignarla de una manera más eficiente a los productores y a las industrias.

En 1991, el Departamento de Recursos Hídricos californiano creó el Banco de Agua de Emergencia, que funcionaba como un agente estatal que compraba derechos de uso a agricultores y entidades del norte y centro del Estado y lo vendía a las administraciones de las ciudades y a los productores del sur. Con el paso del tiempo, este esquema se replicó en varias regiones de Estados Unidos.

Bajo esta tónica mercantilista, en 2018 se creó el índice bursátil NQH2O del Chicago Mercantil Exchange –CME-, que sigue la evolución de los precios de los derechos del agua en California, indicando un valor de 306,56 USD por acre pie, equivalente a unos 1.233 metros cúbicos. La creación del índice fue el puntapié para que, dos años después, el agua se insertara en los mercados bursátiles.

El 7 de diciembre del 2020, en la bolsa de valores de Wall Street empezaron a comerciarse contratos de futuro del agua basados en el índice NQH2O, también comenzaron a operarse en el Nasdaq, la segunda bolsa financiera estadounidense que, al funcionar de manera electrónica, permite operar desde cualquier parte del mundo.

New York Stock Exchange.

El mercado de futuros se constituye como un instrumento financiero que permite reducir o anticiparse a la volatilidad de los commodities, ya que diversos factores climáticos o cambios en los escenarios económicos globales pueden alterar el precio de las materias primas. En este esquema existen dos tipos de operadores: los coberturistas y los especuladores. Los primeros ingresan al mercado de futuros para garantizarse el abastecimiento del insumo en el mediano plazo, los segundos aceptan el riesgo de las fluctuaciones, esperando beneficiarse de los movimientos de las cotizaciones.

La diferencia con los derechos de uso y lo novedoso, es el ingreso al mercado de futuros financieros donde cualquier inversor puede adquirir estos activos para obtener una rentabilidad, sin necesidad de hacer uso del agua para actividades productivas. En la bolsa, los contratos se liquidan financieramente, es decir, no hay una entrega física del agua a quienes mantengan los contratos hasta el periodo acordado. De hecho, lo que cotiza son los derechos de uso futuro, no el agua física, y no necesariamente los derechos se corresponden con la cantidad real de agua disponible.

Desde su creación, el mercado del agua muestra una dinámica fluctuante y volátil, con periodos con valores muy altos y otros con una tendencia bajista. En 2018, la CME indicó un valor de 306,53 USD por acre pie, para fines del 2020 la cotización había aumentado a 486 USD por acre pie; en mayo del 2022 el valor ya ascendía a los 935,45 USD y para septiembre de ese año el índice alcanzó el pico de 1.252 USD, marcando un máximo histórico durante varios meses.

Sin embargo, para junio del 2023 el índice bajó hasta los 156 USD por acre pie, en 2024 el valor volvió a trepar hasta los 445 USD y en 2025 el precio osciló entre los 447 y los 327 USD. Actualmente, el último valor informado corresponde a fines de abril del 2026, y marca un precio de 208,73 USD por acre pie (la tabla de cotizaciones históricas puede consultarse aquí).

Una mercancía ficticia

El agua es, en sí misma, una mercancía ficticia, dado que nadie la produjo para ser vendida. Pero, al calor de las intensas sequías, el sobreconsumo de agua, la crisis climática y la pulsión del sistema por rentabilizar todos los aspectos de la vida, se sometió al elemento vital a la lógica mercantilista, generando mecanismos de apropiación y vulnerando el derecho de millones de personas.

Actualmente, hay que tener más de 52.000 dólares para operar el NQH2O en Nasdaq, ya que la operación mínima es de 25 contratos y cada contrato refiere a 10 acres pie (en el pico del 2022, el umbral de entrada ascendía a más de 300.000 dólares). Es decir, que se trata de un mercado exclusivo del que la mayoría de la población no se ve beneficiada, sino todo lo contrario. En paralelo, cerca de 2.200 millones de personas en todo el mundo no tienen una fuente segura y constante de agua potable.

/Pexels/.

Aunque el agua, a diferencia de otros commodities, no se ha establecido como un mercado global donde se imponga una cotización internacional, incluirla en el club de los commodities marca un precedente preocupante. Se estima que en los últimos 100 años el consumo de agua se multiplicó por seis y que crece a un ritmo del 1% anual; para mediados de siglo se prevé que la producción de alimentos para una población mundial de cerca de 9.000 millones de personas demandará un aumento del 15% en la extracción del agua.

En ese sentido, ante el frágil escenario económico actual, genera inquietud el antecedente del 2008. Tras la explosión de la burbuja inmobiliaria y la drástica caída de la rentabilidad de los bienes raíces, los grandes inversores se trasladaron a los mercados de futuros y de derivados de productos agrícolas, inflando una nueva burbuja que dio lugar a que el precio del maíz se triplique, el del arroz aumente un 170% y el del trigo un 127%. En ese sentido, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura destaca que el 98% de los contratos en el mercado de futuros agrícolas nunca se materializan, se trata solamente de especulación.

Hoy, el Chicago Mercantil Exchange le pone un precio al agua. Pero es imposible definir su valor para la naturaleza y la sociedad, porque eso implicaría tasarnos a nosotros mismos, dado que nuestro cuerpo es mayormente agua.

Imagen de portada: Acueducto Sierra Nevada – Los Ángeles, California. /Getty Images/.

Bibliografía consultada:

El agua en el mercado de futuros financieros. Verónica L. Cáceres –Journal of Economic Literature, 2023-.

La mercantilización del agua: apuntes para la reflexión. Verónica L. Cáceres –Márgenes, Revista de Economía Política, 2022-.

La forma del agua en el capitalismo especular: privatización, mercantilización y comodificación. Humberto Márquez Covarrubias –Estudios Críticos del Desarrollo, 2022-.

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