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¿Quién es el mayor interesado en que el mundo sea adicto al petróleo?

No son los jeques árabes, no es Chevron, no es British Petroleum ni Pekín. La respuesta, parece hallarse con Kissinger.
Por Maico Martini.

Nuestro planeta se calienta, a fuego lento, pero su temperatura aumenta constantemente. Según datos de la Organización Meteorológica Mundial, en 2025 la temperatura media global fue 1,4 °C superior a la de la era preindustrial. Este aumento de la temperatura lleva al cambio climático, generando un desequilibrio ecológico a nivel mundial.

Los pronósticos del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático son alarmantes, mientras que las consecuencias de la crisis climática ya se empiezan a observar, con mayor inestabilidad, fenómenos como sequias e inundaciones más pronunciados y una elevada tasa de pérdida de biodiversidad influenciada, en parte, por el cambio climático.

En el ámbito científico, ya nadie discute que se trata de un calentamiento global de origen antrópico, señalando como el principal responsable a las emisiones de gases de efecto invernadero, con un papel predominante del CO₂ y el metano.

Sin embargo, el consumo de petróleo sigue subiendo día a día: las principales potencias mundiales vaticinan que alcanzarán su pico de consumo a mediados de siglo, para luego comenzar a disminuir lentamente su dependencia a los combustibles fósiles.

¿Pero por qué? ¿A quién le interesa que se quemen miles de billones de barriles por día? ¿Serán, tal vez, los emires árabes? ¿Serán los oligarcas rusos? ¿La cúpula venezolana? ¿Las élites de cualquier país con ingentes reservas de petróleo y gas? Evidentemente, los magnates del crudo tienen mucho interés en que no se dejen de quemar trillones de barriles de ‘oro negro’ al año, pues de ello depende su enorme fortuna.

No obstante, el mayor interesado en que el petróleo siga siendo el recurso energético global por excelencia es Estados Unidos, y no hablamos de sus multinacionales como Chevron, sino de la FED, del Tesoro, del Pentágono y del Capitolio, con un papel protagónico de la CIA, el ejército y otras agencias. ¿Por qué? Simple, el dólar no es simplemente la moneda de la principal potencia occidental, sino que se llama petrodólar, un esquema bajo el cual solo se puede comercializar petróleo en USD.

Para entender esto tenemos que remontarnos al 1944, época de postguerra, cuando se firmaron los acuerdos de Bretton Woods con el fin de establecer un nuevo orden económico internacional. Por entonces, la hegemonía monetaria global se dirimía entre la libra esterlina y el dólar, quedando este último como el instrumento universal de intercambio comercial y de reserva financiera.

En aquel momento, el dólar estaba respaldado por las cuantiosas reservas de oro de las arcas estadounidenses, es decir: cada USD en circulación tenía su equivalente en oro, o al menos esa era la narrativa impulsada por el gobierno norteamericano. Pero, poco después, el esquema mostró sus fisuras. En la década del 1960, el líder francés Charles de Gaulle le exigió a Washington la conversión a oro de unos 150 millones de dólares de la reserva francesa (el equivalente a 1.500 millones actuales, por si creían que en EEUU es un país libre de inflación). A él le siguió España, bajo la dictadura de Francisco Franco, que pidió la conversión de unos 60 millones de dólares de las arcas ibéricas. Esa irreverencia no contentó a los estadounidenses, al contrario.

Ante la posibilidad de que más países pidan cambiar sus dólares por oro y vacíen las reservas auríferas norteamericanas, para el 1971 el presidente Richard Nixon derogó lo establecido en Bretton Woods, diluyendo el patrón oro del USD. Es decir, que la moneda ya no estaba respaldada por nada más que la confianza de sus ciudadanos y de la “comunidad internacional”. Poco tiempo después, tras la crisis del petróleo desatada por la guerra de Yom Kippur, el Secretario de Estado, Henry Kissinger, negoció con los líderes del Golfo Pérsico, garantizándoles el apoyo militar y exigiéndoles que solo comercien crudo en dólares.

Así nace el petrodólar, ahora el USD ya no está respaldado en oro, sino en el petróleo árabe. De esta manera, los que quieran comprar el imprescindible recurso energético deben procurar mantener una reserva en dólares, además, los países del Golfo pagan sus importaciones principalmente en USD.

/Reuters/.

Entonces, al ser el petróleo un recurso del que ningún país puede prescindir, todas las naciones del mundo mantienen reservas en dólares, vendiendo sus exportaciones principalmente en esta moneda para luego poder importar otras cosas que pagan en USD. Por tanto, el dólar tiene valor por la enorme demanda de la moneda, y por la confianza impuesta coercitivamente por EEUU. A principios de siglo, algunos países exportadores de crudo titubearon con vender petróleo en otras monedas: la Casa Blanca respondió con bombas.

En esta década, el patrón petrodólar volvió a mostrar fisuras: algunos países del Golfo aceptaron vender petróleo en yuanes, dado que importan muchísimos productos de China, importaciones que convenientemente pagan en yuanes, Rusia hizo lo mismo tras el bloqueo impuesto por el bloque Unión Europea/Estados Unidos tras la invasión a Ucrania, e Irán también se sumó recientemente.

El otro ingrediente lo suman los BRICS, un grupo compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (Argentina estuvo a punto de ingresar; pero tras la asunción de Milei se frenó su adhesión), este bloque geopolítico busca generar otro instrumento de intercambio y mitigar su dependencia al dólar, están diseñando un sistema bancario alternativo al SWIFT (controlado principalmente por EEUU) y comercian entre ellos en sus respectivas monedas nacionales.

Pero volvamos al meollo de la cuestión, porque, aunque el patrón petrodólar esté mostrando sus fisuras, a día de hoy el esquema sigue plenamente vigente. Por ello, mientras más barriles de petróleo se quemen por día, mejor para Estados Unidos; mientras mayor sea el caudal de dólares en circulación por el comercio internacional de bienes y recursos, mejor para el Tesoro norteamericano. Si la demanda de dólares cae, eso se traduce en graves consecuencias para su economía, como una devaluación casi instantánea del USD.

En este contexto, no ha de extrañarnos que hayan sido precisamente las multinacionales norteamericanas quienes impusieron la omnipresencia del plástico descartable: Coca Cola dispersa por todo el mundo miles de millones de botellas de PET a diario, McDonald’s entrega casi todos sus productos en plástico, Procter & Gamble fabrica y/o envasa casi todos sus productos con plásticos.

Es cierto que también hay multinacionales de otras banderas que se valen de la cultura del descartable. De hecho, en las discusiones en el seno de la ONU para limitar la contaminación plástica, se ha denunciado que países con una fuerte industria petroquímica, como Arabia Saudí, China, Estados Unidos, Irán y Rusia, buscan excluir del tratado las limitaciones a la fabricación del plástico virgen, enfocándose únicamente en el reciclaje.

A pesar de ello, la masificación de los envases plásticos descartables nace en Estados Unidos y luego se expande a nivel global. En esa línea, mientras más plástico se fabrique, comercialice y descarte, mejor para el petrodólar, pues el plástico se fabrica con petróleo.

Nuestro sistema-mundo actual es adicto al petróleo, es más, gran parte de la energía que hace posible esta comunicación entre quien escribe y quien lee se basa en los combustibles fósiles.

Claro que hay alternativas y de muy diversas fuentes, como las tan variadas energías renovables. Sin embargo, a pesar de la amplia evidencia científica de las graves consecuencias ecológicas que provoca la quema desenfrenada de combustibles fósiles, el mundo sigue siendo adicto al petróleo y el narco que nos mantiene adictos es Estados Unidos, porque de ello depende su hegemonía.

Vale subrayar que las energías renovables no solucionarán nada bajo el actual esquema extractivista, consumista y predador. Pues, a mi modo de ver, no es solución sustituir un impacto ambiental por otro (el plástico redujo la devastación ecológica de la industria del caucho).

La solución está más vinculada a repensar la relación entre la humanidad y la naturaleza, reconocernos como seres de la biosfera y no como los gobernantes de ella, porque el planeta tiene más poder sobre nosotros que nosotros sobre él. La posible solución es más filosófica que tecnológica.

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