
Vivimos en un mundo que corre rápido, tan rápido que a veces nos olvidamos de mirar para los costados. Nos despertamos con el sonido del celular, corremos para cumplir horarios y, si tenemos suerte, frenamos un rato para tomarnos un mate. Pero en esta prisa infinita, algo esencial se nos escapa: estamos desconectados de nuestro entorno, ese verdadero hogar que nos sostiene. Y es que, ¿cómo podrías amar un bosque si nunca caminaste bajo su sombra? ¿Cómo protegerías a un ave si no conoces su nombre ni su canto?
Nos sabemos más nombres de aplicaciones que de árboles, más tipos de autos que de flores. ¿Cuántos podrían diferenciar un algarrobo blanco de un caldén? ¿Sabrías reconocer al chañar por sus frutos dulces o al molle por sus hojas verdes y brillantes? La desconexión no es casual; es el resultado de una vida que nos empuja a consumir en lugar de comprender, a acumular en vez de apreciar lo que nos rodea. Nos hemos alejado tanto que, a veces, ni siquiera sabemos si el río más cercano a nuestra casa está limpio o contaminado.
Pero no es cuestión de culpas, tranqui. A todos nos pasa. El problema no es solo que no sabemos, sino que no nos damos el tiempo para aprender. Y sin ese conocimiento, pasamos de largo. No es maldad, es desconocimiento. Sin embargo, hay algo que no podemos ignorar: no se puede cuidar lo que no se conoce.
Cuando vamos al río, o caminamos por nuestro barrio a simple vista, todo parece “normal”. Pero cada planta, cada ave, cada sonido tiene una historia. Ahí está el quebracho, símbolo de resistencia, sosteniendo con sus raíces los suelos que evitan la desertificación. En una esquina crece el espinillo, cubierto de pompones amarillos que parecen pequeños soles, fundamentales para las abejas nativas que polinizan sus flores también conocidas como meliponas. Sobrevuela el zorzal colorado, que con su canto anuncia los días más cálidos. Todo está conectado, pero si no lo sabemos, ¿cómo vamos a valorarlo?
Y no es solo poesía: conocer nuestro entorno es una necesidad. ¿Sabías que el jarillal, ese ecosistema que parece “pobre” por sus arbustos bajos, alberga una biodiversidad que incluye desde el zorro gris hasta pequeñas lagartijas endémicas? O que el tala, un árbol que muchas veces pasa desapercibido, es el hogar de cientos de aves que construyen sus nidos con sus ramas espinosas.
Cuando frenamos a mirar, algo mágico sucede. Esos “yuyos” que crecen al costado de los caminos resultan ser la carqueja y el poleo, usados por generaciones para el matecito digestivo. Esa planta espinosa que parece molesta, el cardón, es en realidad un reservorio de agua y alimento para insectos y aves. Cada planta tiene un rol, cada animal un propósito. Todo cumple su parte en el gran rompecabezas de la vida.
Pero nuestra desconexión nos empuja a la indiferencia. Y la indiferencia, a la destrucción. Los desmontes, la contaminación, las especies invasoras que desplazan a las nativas… Todo eso sucede porque nos olvidamos de mirar, de aprender, de valorar.
Sin embargo, no todo está perdido. La reconexión es posible, y no hace falta mucho. Salir a caminar, detenernos a observar las plantas que crecen en la vereda, escuchar el canto de las aves en las mañanas, o preguntarles a nuestros abuelos sobre los nombres de los árboles y sus usos. El conocimiento no está solo en los libros; también vive en las historias, en las tradiciones, en la curiosidad compartida.
Conocer nuestro entorno no es solo un acto de amor hacia la naturaleza; es también un acto de cuidado hacia nosotros mismos. Respiramos el oxígeno que producen los algarrobos y los chañares. Dependemos del agua que los bosques filtran. Nos alimentamos gracias a los frutos que existen gracias al trabajo silencioso de los insectos
Imaginemos por un momento un mundo diferente. Un mundo en el que sepamos los nombres de las plantas que nos rodean, en el que reconozcamos el canto de una calandria o el vuelo de un chimango. Un mundo en el que el paisaje no sea algo que está “ahí”, sino algo que forma parte de nosotros, que cuenta nuestra historia.
Ese mundo es posible, pero depende de nosotros. Depende de las pequeñas decisiones que tomamos cada día. De frenar un ratito y mirar. Porque la naturaleza es paciente, pero no eterna. Si no la cuidamos, si no la conocemos, puede desaparecer. Y con ella, una parte esencial de lo que somos.
Así que este es un llamado: paremos un poco. Miremos. Preguntemos. Aprendamos. Porque, al final, el conocimiento es la semilla del cuidado. Y sin cuidado, no hay futuro.
Foto de portada: ANSL.

