Alberto no fue solo un periodista, un ecologista o un amigo, fue uno de los tipos que me enseñó a mirar el mundo de otra manera.

Allá por el 2021 yo era un joven reportero que se estaba zambullendo en el mundo del periodismo ambiental, iniciaba mis pasos en esta web y como colaborador en algunas radios de la provincia. A fines de ese año, un escritor amigo me ofreció tomar su espacio en Radio Potrero Encanta y no desaproveché la oportunidad de seguir profundizando en el mundo radiofónico.
Allí fue donde conocí a Alberto Barea, quien se desempeñaba como director de aquella modesta radio municipal. En nuestro primer encuentro me enseñó a operar la consola para poder desarrollar mi programa de la mejor manera, porque -dado el escaso presupuesto que el municipio le había adjudicado- esa humilde emisora no contaba con operador: allí el periodista debía hacer de locutor, presentador, productor y técnico. Un drástico cambio teniendo en cuenta que yo venía de la prestigiosa Radio Nacional, donde todo estaba más lubricado.
Además de enseñarme a operar la parte técnica, me mostró donde debía buscar las llaves del estudio y me invitó a ser colaborador de su programa matutino, que se emitía en Potrero de los Funes y Villa Mercedes. Sin dudarlo, acepté.
En nuestra primera comunicación radial, yo llevé una noticia vinculada a la contaminación de los agroquímicos –no recuerdo exactamente los detalles- y me llamó la atención el amplio conocimiento que Alberto tenía en la materia, me habló de la Atrazina y del 2,4 D, me pidió que profundice sobre la erosión y demás. Eso me sorprendió, porque en mis columnas estaba acostumbrado a que el interlocutor no tenga la más mínima idea sobre ambiente y ecología, y el Negro –como le decían los amigos- me pasaba el trapo.
Durante meses, nuestra relación fue estrictamente profesional, cordial, pero no intima. Todos los sábados iba a la radio a hacer el programa, y todos los martes y jueves atendía el teléfono para hacer mi columna en su noticiero matutino. Todo cambió tras las elecciones locales, cambió el intendente y cerraron la radio “para refaccionarla”, así, él fue desafectado como director y yo me fui tras él.
Cerca de un año después me contactó para un proyecto comunicativo que nunca se pudo concretar, me invitó a su casa y compartimos una cena en una mesa repleta de colegas comunicadores, personalidades de la cultura, técnicos de radio y demás, queríamos hacer una radio online. En esos encuentros periódicos para esbozar el proyecto, nuestra relación fue transformándose lentamente de un vínculo profesional a una estrecha amistad.
Así pude conocer las facetas intimas que se esconden detrás de su figura pública. Yo lo admiraba por su capacidad de locución y por su conocimiento en la materia ambiental, lo tomé más que como un referente, como un consejero. Por entonces, él tenía 61 años y yo apenas 21, y me enseñaba de una manera muy didáctica las sombras del mundo mediático, las hienas de las que debía alejarme y las cosas de las que tenía que mantener cautela.
Así, en nuestras largas tertulias, a veces acompañadas con mate, pero casi siempre sazonadas con cerveza, fui conociéndolo. Me contó que él había sido periodista agropecuario durante mucho tiempo, “era un periodista del establishment, bebía del pozo envenenado”, decía. Me contaba la locura a la que se había sometido, consultando constantemente la Bolsa de Cereales de Rosario, la cotización de los fertilizantes, si era un buen momento para vender la cosecha o si era conveniente acopiarla para aguardar un panorama económico más favorable, mantenerse al tanto de las innovaciones tecnológicas y todo ese embrollo. “En la crisis del 2008 cambié el chip, me di cuenta de la farsa de la que formaba parte”, confesó.
También manifestaba una postura vehementemente anticolonial, me contó que en su juventud había estudiado para ser profesor y se fue a la Patagonia a dar clases. “En el instituto me habían dicho que iba a educar a indios, pero cuando llegué a Neuquén me encontré una enorme ciudad”, dijo. Él fue el primero que me abrió las puertas de la teoría anti colonial y emancipadora, que luego profundicé leyendo a Aníbal Quijano y a otros intelectuales en la materia.
En otra tertulia, mientras admirábamos su pequeño pero majestuoso patio lleno de plantas como la quínoa, la pasiflora, las moras y demás yuyos, me dijo algo que realmente reconfiguró mi manera de ver el ambientalismo: “detrás de la lógica predadora de la humanidad, está el patriarcado”. Aunque yo había leído algo sobre ecofeminismo, nunca nadie me dijo esa observación de una manera tan clara, tan contundente.
En otra oportunidad, mientras caminábamos por las sierras de Potrero, me mostró una planta –suico si no me falla la memoria- y me dijo: “se llenan la boca hablando de malezas y de yuyos, ninguna planta es una maleza y yuyo significa alimento”. Además, olvidaba mencionar, Alberto no solo era un comunicador, sino que en sus últimos años sentía una enorme atracción a la botánica y a las plantas medicinales, tenía un emprendimiento llamado KM 0 dedicado a la herboristería y hacía aceite de cannabis, tinturas madre y cremas, entre otros.
En 2023 llegó el momento de volver a compartir aire radial, me habían convocado nuevamente a Radio Nacional y no dudé en invitarlo para que sea mi co-conductor. “La radio me cansó, acepto solo porque sos vos”, respondió ante la propuesta -dato de color, como de costumbre en la comunicación alternativa, la emisora no cubría ni los viáticos, aunque por suerte contábamos con un operador-.
Así, lanzamos Un Programa Sin Nombre, que se emitía todos los sábados por la FM 96.7, un programa con un enfoque cultural, ecológico y crítico. Mirando en retrospectiva, hacíamos una buena dupla, ya que él aportaba una voz madura y apasionada, mientras que yo matizaba con un estilo más moderado, yo llevaba datos, él aportaba perspectiva. La historiadora y periodista Mari López, por su parte, aportaba una voz femenina tan necesaria en la radio y una mirada histórica que nos ayudaba a entender muchas cosas, luego también se sumó la activista Gabriela Ochoa.

No sé si recuerdan que el 2023 fue un año marcado por los incendios forestales en San Luis. Según datos del Servicio Nacional del Manejo del Fuego, en ese año se quemaron casi 130.000 hectáreas en la provincia. La problemática de los incendios se había incrustado en nuestra agenda, todas las semanas tocaba tratar el tema y, en uno de los programas, Alberto criticó fuertemente la falta de recursos para el combate al fuego: “en vez de gastar millones en construir el Hotel La Recova, deberían comprar aviones hidrantes”, protestó.
Eso enfureció a la dirección de la radio y al lunes siguiente me citaron a una reunión. “No lo quiero más al aire”, me dijeron. Tanto él como la directora habían omitido mencionarme que entre ellos había ocurrido una rencilla hace años, y yo quedé en el medio. El punto es que censuraron al locutor estrella de mi programa –no exagero, los oyentes llamaban solo para saludarlo a él, a mí ni me conocían-.
Aun así, haciéndole honor al compromiso asumido y valorando el espacio otorgado para llevar la realidad ambiental al aire radial –algo poco común en el ecosistema radiofónico local- decidimos seguir haciendo el programa, hasta que cambiaron las autoridades de la emisora y, como un deja vu, volví a Radio Potrero, que ya se había refaccionado –habían revestido con machimbre el estudio, pero Alberto no me podía escuchar desde su casa porque no habían invertido un peso en darle mantenimiento a la antena-.
Luego de ello, nuestra relación fue únicamente de amistad, seguíamos hablando de periodismo y de ambientalismo, pero ya cada uno iba con sus proyectos, él con la herboristería, yo con esta página. También, poco a poco, nuestras tertulias fueron virando hacia un plano más espiritual y filosófico y, como nadie había logrado anteriormente, logró derribar mi escepticismo ateísta, me convenció de que ha de haber algo más, aunque todavía trato de dilucidar de que se trata ese más allá.
Allí descansa una de las enseñanzas más virtuosas que me dejó, especialmente porque ya no está en este plano terrenal y, en cierta medida, me reconforta creer que hay algo más. El 22 de enero del 2026 Alberto falleció repentinamente de un paro cardiaco, la noticia me dejó en shock porque tan solo tres días antes habíamos mantenido un gratificante encuentro en el bar de su preferencia. Afortunadamente, su despedida fue muy emotiva, en una ronda repleta de personalidades de la cultura, de la comunicación, del arte y de la ecología al lado del río.
Para mí, dejó un gran legado, una gran enseñanza y, sobre todo, una generosa y vital red de personas que nos reunimos habitualmente para apoyarnos mutuamente. Pero el legado no es solo personal, porque fue pionero en hacer periodismo ambiental en San Luis.
A la memoria de Alberto Gabriel Barea 1961 – 2026.
Foto de portada: Cerro Valle de Piedra.


2 respuestas a “Alberto Barea: el loco de las sierras y la voz de los yuyos”
Espectacular la nota. Gracias Mayco querido por hacerle honor a mi viejo! Se lo extrañará siempre. Defendiendo lo justo y visibilizando la realidad como el sabía y le salía del corazón. Gracias gracias gracias amigo
Me gustaLe gusta a 1 persona
Una nota sentida, con el corazón en la mano. Gracias Maico, por recordarlo e inmortalizar esa linda y franca experiencia, juntos.
Me gustaLe gusta a 1 persona