
Daniel Boggio no es un pintor cualquiera, es un artista que vive por y para el arte, a través de sus excéntricos cuadros y sus exóticas performances logra expresar la profunda incomodidad que habita en su ser y plantear una crítica a las injusticias del mundo. Hoy, a sus 62 años, parece un señor tranquilo y bohemio que vive en una Eco Aldea, en cierta forma lo es, pero en sus cuadros puede apreciarse su pasado no tan tranquilo.
Vive en la Eco Aldea Pangea de Estancia Grande, su casa es un quincho de madera, paredes de adobe y techo de paja donde tiene un solo enchufe y algunos focos alimentados por un panel solar, las paredes de barro están decoradas con collages y en los cuatro muros hay decenas de cuadros colgados y apilados, alrededor lo envuelve un bosquecito que él mismo plantó hace 15 años. A pesar de padecer una sordera parcial sigue disfrutando de la música, escuchando a las bandas de su juventud o tocando la guitarra con sus vecinos e hijos. También es un gran charlatán, en el buen sentido de la palabra, pues las conversaciones con él suelen estar repletas de anécdotas cómicas, curiosidades sobre la historia del arte o reflexiones interesantes, además, las ‘discusiones’ con su hijo Gautama parecen el guion de una comedia descabellada.
A fuerza de perseverancia, Daniel se ha ganado un lugar en la escena local de las artes plásticas y ha mostrado sus cuadros en la Universidad, en la Casa de la Cultura, en la Nave Cultural, en el Hotel Internacional del Potrero y en muchos otros lugares, muchos de ustedes lo conocerán por sus muestras o sus murales, algunos lo reconocerán por sus excéntricas performances en eventos culturales, mientras que otros lo están conociendo en este preciso instante. Para poder conocerlo más de cerca, Daniel aceptó contar sus memorias frente al micrófono de EcoPress, en una entrevista de una hora y media acompañada con dos litros de mate y otras hierbas:
“Nací en el año 1962 en Paso del Rey, provincia de Buenos Aires. Me crie con mis padres, mis dos hermanas y mi hermano. Mi papa trabajaba en una fábrica, era un obrero, mi vieja era una ama de casa que nos criaba, nos hacia la comida y nos daba cariño, ella era cariñosa, mi viejo era un poco más frio. No nos faltó ni la comida, ni la educación, quizás nos faltó un poco de afecto… pero lo básico estaba cubierto, salíamos de vacaciones a la costa y veníamos seguido a San Luis a visitar a mi abuela”. “Lo que más recuerdo de Aldo, mi viejo, era su parte aventurera” y cuenta que uno de los recuerdos más lindos de la familia es el de sus padres cantando y bailando: “era lindo escucharlos contentos”, dice con cierta melancolía.
“Crecí con el televisor, con los programas políticos, con el futbol, con el automovilismo y el boxeo, todas cosas que no me gustaban, me tuve que adaptar a eso y buscar mi espacio. A veces me pasaba horas en la pieza escuchando rock con la luz apagada, tenía como una inclinación autista, me encerraba en mi pieza y me hamacaba, me alejaba… La primaria fue un sufrimiento para mí, me hablaban de matemáticas y yo quedaba descolocado, estaba como para terapia.
Cuando empecé el jardín de infantes lloré como loco cuando me dejaron, al tercer día de clases me harté y me fui caminando, vi que el portón de la escuela estaba abierto y me fui a mi casa, que estaba a unas cuatro cuadras. Cuando llegué estaba mi abuelo, ‘¿Qué haces acá?’ me preguntó, ‘vine a hacer pis’, le dije; ‘haga pis y vuelva a la escuela’ me contestó, yo quedé peor todavía, hice pis y me volví a la escuela”, relata entre risas. “Mi vieja me súper cuidó, pero después yo no podía estar sin ella, me separaba de mi vieja y parecía que se me venía el fin del mundo”.
“La escuela, sobre todo la primaria, me costó bastante, hasta que en sexto grado me tocó una profesora piola, Graciela Iglesias, nos hacía escuchar Sui Generis, tenía claro cómo educar y hacer que todos se sientan bien. Esto fue en el 1969 más o menos, ahora la tengo de amiga en Facebook. En ese momento me gustaba Gladys, una compañerita, y ella también gustaba de mí, la profe se dio cuenta y nos hizo sentar juntos en la clase, nos empezamos a enamorar, fue el amor más lindo que sentí, pero no era un amor sexual, sino más espiritual, ahí me gustaba ir a la escuela, porque estaba enamorado y la maestra era buena onda. Después, en séptimo grado, Gladys estaba más desarrollada y era más sexi, yo seguía siendo un flaquito y ella empezó a mirar más alto, fue un amor realmente fuerte pero que a veces lastimaba”.
Al ser consultado sobre su interés por el arte y la pintura, Daniel explica que “de chico dibujaba los cuentos que había en casa, copiaba a Aladino y a otros personajes, eran dibujos que estaban bien pero no eran que decías: ‘que bien que dibuja este pibe’.Cuando cumplí 12 años me regalaron una plata y me fui a comprar el disco de los Beatles, eran todos temas de rock. Ahí empecé a escuchar la música, que me salvó un poco, empecé a pensar que quería ser músico, que quería tener éxito. Siempre tuve la necesidad de que me observaran, porque en mi casa era el que menos se veía.
Con mis amigos escuchábamos a una periodista de rock que ponía a Virus, a Charly García o a la Máquina de Hacer Pájaros, la escuchábamos con mucha atención. Yo tenía 16 y me abría la mente, Charly o Spinetta tenían esas letras en clave que nos guiaban a donde queríamos ir.
Siempre le pedía a mi viejo que compre una guitarra y un día apareció con una, entonces le pedí a mi cuñado que me enseñe un poco y luego fui aprendiendo solo y sacando temas, pero siempre con un temor que no me dejaba cantar y expresarme como se tiene que expresar un músico. Estaba medio perdido, quería cantar, pero sabía que no iba a llegar a ninguna parte, porque tenía miedo”.

“Luego me toco hacer la colimba y me incorporaron por Malvinas, para ir a las islas. Todo el año anterior al conflicto fue de instrucción y nos tenían como locos, los militares ya sabían de la guerra, porque me volvieron loco, nos hicieron probar fusiles, nos levantaban de noche, nos torturaron, era un infierno.
Me acuerdo que había un gordito que se había escapado, era un pibe muy fino, creo que era de clase alta y gay, entonces no aguantó y se escapó: eso era lo peor que podías hacer en la colimba. Al otro día lo encontraron perdido en la estación de tren y lo llevaron de vuelta, aparte de hacerlo mierda, una noche nos llevaron a una carpa donde había tres mesas, nos hicieron pasar de a uno, nos mojaron las manos y nos dijeron que aulláramos como un lobo mientras nos daban con la picana, yo no podía aullar porque la picana te corta la voz y me picanearon varias veces. Después, uno de los milicos dijo: ‘esto va a pasar si se escapa otro’, agarraron al gordito y le pusieron la picana en la lengua, habían preparado un tacho con agua, lo metieron ahí y le dieron corriente, una y otra vez. Yo tenía 18 años, estaba viendo eso y no entendía que estaba pasando, me preguntaba ¿estos son los héroes del país?, no había nada de amor en ese lugar.
Ese año de la colimba traté de desaparecer, de camuflarme entre todos los soldados y no llamar la atención. Luego terminé el servicio militar, pero con la guerra me reclutaron de nuevo, estábamos todas las tropas preparadas para ir a Malvinas, los camiones listos para partir, yo no entendía nada. Decían: ‘cuando suene la alarma salimos todos’ para tomar un Hércules, pero la alarma nunca sonó, mientras tanto los milicos estaban al pedo y te hacían bailar, correr, te castigaban, te dejaban sin salir los fines de semana, otra vez el infierno.
Cuando salí de ahí empecé a atender en un negocio de artículos de limpieza que había puesto mi viejo, pero soy mal comerciante, bardeaba porque mucha gente me pedía fiado y yo les daba, no les podía decir que no, y mi viejo se enojaba. Un día vi a un señor pintando un cartel en frente del negocio, me llamó la atención como pintaba las letras con tanta maestría y fui a hablarle, luego vino al local y charlamos un poco, Pettinaroli se llamaba. Al otro día volvió y me trajo una revista con fascículos de Van Gogh, cuando vi los cuadros empecé a sentir un cambio, quedé impresionado y dije: ‘quiero hacer esto, quiero pintar así, yo puedo hacerlo’, entonces saqué plata de la caja y fui a una librería a comprar oleos y pinturas, luego me puse a pintar en la mesita de atrás del negocio. Con la práctica empecé a pintar con más confianza, a sentir que podía ser algo, que podía tener una profesión».

- En tu juventud también afloró la rebeldía ¿Qué puedes comentarnos de esa etapa punk?
“Todas las cosas fuertes que viví, como la dictadura, la colimba, mi sexualidad mixta o el temor a no poder decir lo que yo quisiera crearon en mí un pequeño monstruito, que se empezó a enojar y a querer hacer quilombo. Tuvo una parte buena igual, era adrenalinico, durante el día caminaba por Moreno y cuando veía una pared buena para pintar les decía a mis amigos Gustavo y Hernán e íbamos a pintarla por la noche. Empecé con esa forma de hacer una rebeldía con la plástica, hacia unas manchas urbanas.
En un momento pintar las paredes ya no me alcanzaba, porque nadie me conocía con las manchas. Entonces viendo una película, un comisario llevó a dos chicos a una comisaría y dijo: ‘la última vez que los lleve presos fue cuando pintaron el busto de Washington’, entonces se me ocurrió pintar el monumento de Mariano Moreno en la plaza de Moreno, para hacer algo más llamativo. Convencí a mis amigos, compré los aerosoles y unas amigas fueron a la panchería frente a la plaza para distraer al cocinero y que no nos viera. Nos hicimos piecito, trepó uno y pintó toda la cara de amarillo, subió el otro y pintó rojo, después azul, era un delirio. Muchos lo veían como vandalismo, nosotros como una expresión artística.
Al día siguiente el diario de Moreno tituló: ‘vándalos ensuciaron la estatua de Mariano Moreno con bombas de alquitrán’, y no habíamos usado bombas de alquitrán, era pintura roja, azul y amarilla. Ahí ya comenzaron a reconocerme en el mundo del arte y empecé a sentir que tenía que hacer ese tipo de cosas para llamar más la atención”.
- ¿Descubrieron que fuiste vos?
“No, eso paso. Al otro día envolvieron la estatua con una tela y llamaron a unos restauradores».

«Después se me ocurrió pintar el campanario de la iglesia, tenía las pinturas en el bolso y les insistí a mis amigos para que me ayudaran. Nos trepamos por un costado de la iglesia, pero yo estaba descontrolado y hacia mucho ruido al pisar las chapas, el cura nos escuchó y salió disparando al aire, ahí bajamos y nos quedamos en la plaza. Fuimos a tomar otro vino, pasaron como dos horas y volvimos a intentar, fuimos por el otro lado, nos trepamos y subimos al borde de la cornisa, y cuando estábamos llegando al campanario miré para abajo y vi como a cinco patrulleros. ‘¿Qué están haciendo?’, preguntó un policía; ‘venimos a pintar’, le dijimos. Nos hicieron bajar y nos llevaron en cana. No era malicia, sino que queríamos pintar unos colores en los cuadraditos arriba del campanario para romper con ese color monótono de hace 100 años, y joder un poco al cura también…”.
- ¿Ese era el monstruito enojado?
“Si, seguro. Tenía algo contra los monumentos, porque en otro momento fui a ver la película de Sid Vicious, fuimos al cine con unos amigos y tomamos un montón de cervezas, yo tengo como una compenetración con personajes de películas, de libros o de artistas, cuando salimos del cine vi el busto de un político y dije: ‘a este no lo quiero ver más acá’, me subí arriba del pedestal y le empecé a pegar patadas, estaba re loco, mis amigos quisieron detenerme, pero yo seguí hasta que el busto se cayó al piso, luego lo levantamos y lo pusimos en un banco. Cuando estábamos cruzando la calle aparecieron unos patrulleros y nos llevaron, porque pensaban que queríamos robarnos el bronce. Estuve tres días detenido, y aunque le explique a la Policía que no queríamos robar el busto, me caratularon la causa como ‘tentativa de hurto’, ahora la causa prescribió.
Esa etapa fue una creatividad media enfermiza, mezclaba la plástica, el odio, el alcohol, el porro y la noche; comía mal, estaba bajoneado, sin proyectos…”, reflexiona Daniel.
“Después me puse a pintar mejor, hice un viaje a Brasil y cuando volví me cambió la percepción de los colores, hasta ese momento pintaba todo negro y empecé a hacer cosas más coloridas, con paisajes, ahí comencé una etapa más iluminada, pero siempre con dolor y bronca a la sociedad. Luego me contrataron de un partido de Duhalde, me pusieron como coordinador de grupos para pintar la vía pública. Ellos me mandaban a gente del plan social a que me ayuden a pintar murales, yo les enseñaba a pintar y a hacer murales. Ahí ya era de día, me había institucionalizado, pero siempre acompañado de sufrimiento de mi vida, como todavía lo siento«.
- ¿Cómo viviste la experiencia de convertirte en padre?
“Siempre quise tener hijos, fui buscando una compañera para tener hijos, parecía que iba a pasar con alguien y no pasaba, hasta que conocí a Claudia y concebimos a Wanda. Ahí empezamos a vivir juntos, también estaba Ailín que era hija de Claudia, pero también me convertí en su padre. Wanda nació en un parto natural, eso me cambió la visión del mundo, recibir a mi hija, cortarle el cordón y bañarla fue mucha felicidad. Empecé a ser papa, a llevarla a upa, a cuidarla; pero también hubo crisis porque éramos dos personas muy sensibles, en algunos momentos lo hermoso se volvía feo, pero volvía a ser hermoso y luego otra vez feo. Después vino Gautama, él también nació naturalmente, en la casa donde alquilábamos. En el parto yo me emocioné tanto que lloraba sin parar y Claudia intentaba calmarme, en vez de yo alentarla a ella.
Después un amigo que se había mudado a San Luis nos recomendó venir porque estaban dando becas de artes, Claudia siempre se animaba a jugársela más y me convenció de venir. Yo ya conocía San Luis y paramos en la casa de una tía unos días hasta que conseguimos alquilar una casita en Juana Koslay, ahí nos fuimos a vivir sin colchones, sin nada. Yo buscaba trabajo de pintor, pero no salía ninguno, nadie me conocía y tampoco me daban la beca porque no tenía los dos años de residencia en la provincia, eso fue en el 2001.
Después pude regularizarme y nos presentamos a la beca, yo llevé las fotos de mis obras y presenté un proyecto para hacer murales en la vía pública. En San Luis casi no había murales y el primero que hicimos tuvo un éxito rotundo, estaba hecho con espejos y botellas, con un estilo hindú, tenía mucha energía. Un día pasó el gobernador Alberto Rodríguez Saá y se ve que le gustó, porque salió una nota en el diario elogiando el mural, después Alberto me mandó a hacer otro mural en Río Seco y seguí ganando la beca unos cinco años.
Veníamos bien, pero pasaron cosas que nos separaron con Claudia, vino una parte medio oscura y triste, y además se me terminó la beca. Empecé a pedir laburo, pero no conseguía nada, entonces me puse a hacer sándwiches y los vendía en la calle o los ofrecía en las oficinas de la vieja Casa de Gobierno. Fue terrible para mí, porque venía del éxito, me hacían reportajes, me habían contratado y caí a lo más bajo, en realidad a lo más normal, a lo que la mayoría de la gente hace; pero mi ego no lo veía así.

En un momento me invitan a un proyecto de Eco Aldea, me hice amigo de unos chicos que hacen circo y me invitaron a formar parte del proyecto. Nos reuníamos cada 15 días a armar el proyecto, buscábamos lugares, pero no nos aceptaban en ningún lugar, hasta que un día presentamos el proyecto de Eco Aldea en Estancia Grande y, después de analizarlo, el intendente Ricardo Videla nos llamó y nos cedió unas tierras para el proyecto. Fue todo alegría, todos saltaban, nos abrazábamos.
Después me puse a hacer canciones infantiles, empecé a hacer un arte que no quería ‘¿Qué hago en un pelotero?’, me preguntaba. El pelotero me quedaba a unas cuadras de donde yo vivía, iba, cantaba unas canciones y me volvía, al rato tenía otra función. Vivir de eso me ayudó a perder un poco el miedo a cantar y me permití escribir canciones propias que salieron naturalmente, igualmente en la pintura es más profundo lo que expreso, porque no entiendo lo que hago, voy improvisando, es algo más profundo que cantar una canción, al menos para mí.
Al tiempo me vine a vivir a la Eco Aldea con una carpa. Empecé a construir de a poco, estuve mucho en la carpa, porque era complicado, no había nada acá: no había agua, ni luz, había que buscar el agua hasta una vertiente, era re complicado. Acá empecé a estar en un lugar más silencioso y además perdí la audición, entré en un momento más reflexivo, o con más tiempo para reflexionar”.
- ¿Crees que vivir en la naturaleza te cambió un poco tu percepción de la vida y del arte?
“Creo que sí, más que nada en lo espiritual. Ver cómo crecen las plantas, como cambian las épocas del año, como cambia mi humor con los diferentes climas, siento que la naturaleza me envuelve y me quedo aislado acá, porque ya casi no salgo, también puedo alejarme del mundo porque me saco el audífono y no escucho nada. Cuando pinto es porque estoy incómodo y descargo en esa forma de expresión, yo no sé qué hago cuando pinto, siempre son enchastres a los que les voy sumando cosas hasta que queda algo, pero bueno es mi forma de expresarme”.
- ¿Cómo se te ocurrió utilizar elementos que para la mayoría son basura en tus cuadros?
“Un día fui a una muestra de Antoni Tàpies, que trabaja con elementos interesantes que me impactaron, como me paso con Van Gogh, empecé a imitarlo; pero hice un desastre terrible y quedo horrible, al ver eso comencé a quemar cosas del cuadro, cuando lo quemé quedó toda una cosa negra y amorfa, ahí dije por acá va la cosa, por acá va mi estilo, busqué elementos que me ayuden a concretar esas imágenes, como plásticos derretidos, bidones de colores y acá en el campo comencé a incorporarle huesos y cosas que se encuentran acá.
Siempre juntaba la basura, parecía un ciruja, iba con las bolsas y cuando veía algo que me llamaba la atención lo levantaba. Ahí empecé a reciclar eso que nadie quiere, lo incorporo a mis obras y ya no es basura”.
- Tu estilo es muy diferente al resto ¿Por qué?
“Un poco, porque al no tener noción del dibujo me anime a hacer enchastres”.

- Contaste que durante mucho tiempo te sentiste un poco solo, un poco perdido ¿Acá en la Eco Aldea pudiste encontrar una comunidad, una fraternidad?
“Si, fue lo más importante. Generó un cambio en mí y un sostén de amigos, eso me ayudó mucho porque acá todos siempre estamos atentos a lo que le pasa al otro, eso es lo más lindo de la comunidad”.
- A nivel artístico son muchos artistas en la Eco Aldea ¿Eso también te ayudó?
“Eso me llevó a estar en proyectos, a estar contento y divertirme con mis amigos por medio del arte. Hicimos el grupo La Bandina, que eran todas canciones con referencias al ambiente, mi primer tema también hace referencias al ambiente, Basura se llama. Ese arte y comunidad es lo más importante, supimos mantenerlo durante 15 años y contando, no nos peleamos, hubo crisis; pero el alma de la Eco Aldea está ahí”.
- ¿A veces vendes cuadros?
“A veces, no tantos, pero algunos se animan a comprarlos”.
- ¿Eso te gusta?
“Me cuesta soltarlo, pero después me olvido de ese cuadro, una vez que lo vendo. Un día vino uno que le gustaba un cuadro, que a mí me encantaba, entonces le puse un precio alto; pero igual lo compró, se animó, después me compró otro”.
- Ahora tus hijos son artistas ¿Estás contento con eso?
“Si, mientras sean lo que quieran ser. Todos somos artistas, hay personas que se dedican a cosas muy alejadas del arte, pero lo artístico está en alguna forma. Ahora estoy en una época más introspectiva, pensando en que hacer, me gustaría poder tener un atelier para poder mostrar mejor mis cuadros, también me preocupa las goteras del techo de paja, que tiene unos 12 años, porque no tengo suficiente para arreglarlo, siento como la naturaleza se mete a la casa, se meten las plantas, la naturaleza me va a envolver…”


Una respuesta a “La agitada historia de Daniel Boggio, el alocado pintor ecoaldeano”
Un artista muy talentoso y poco valorado. Que bueno que le dediquen esta nota para hacer conocer su obra!
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