En un mundo plagado de publicidad, este medio mantiene la firme convicción de constituirse como un espacio libre de propaganda. Lea si quiere, pase de largo si lo desea, al autor no le importa en lo más mínimo.

“¿Hola, quieres galletas? Necesitamos que te comas estas galletas para que puedas seguir leyendo ¿Te interesa la lectura? Aquí tienes un anuncio de un producto que no sabías necesitar –y que probablemente no puedes pagar, de hecho, no nos interesa, simplemente míralo-. Escucha, los exitosos compran esto ¿Quieres ser exitoso? Actúa como ellos.
Toma, otra publicidad, haz clic aquí para cerrarla –ja, te engañé, en realidad tenías que clicar allí- ¿Tienes un bloqueador de anuncios? Desactívalo, por culpa de gente como tu nuestra página está a punto de desaparecer, miserable internauta”. Así se siente hoy en día entrar a cualquier web comercial, pero usted, estimado navegante del internet, acaba de entrar en uno de los pocos oasis digitales libres de publicidad.
Bienvenida a EcoPress, donde no se le obligará a comer galletas, ni se le ofrecen, porque nunca se hornearon. Donde su lectura no se verá interrumpida por ningún plugin, porque no fue instalado. Tenga la tranquilidad de que aquí su atención no está a la venta y de que sus datos están seguros. Es más, el administrador no sabe nada sobre usted, lo único que sabe es desde que país llegó o que buscador utilizó para entrar aquí, sepa que al administrador no le interesa su edad, ni su orientación sexual, ni su clase social. Si en algún momento usted desea salir del anonimato, puede valerse de la casilla de comentarios, en caso contrario, limítese a leer. Continúe la lectura si quiere, cierre la ventana si lo desea, al administrador tampoco le importa eso.
Dicho esto, me atrevo a preguntarle ¿No está harto de la omnipresencia de la publicidad? Yo estoy hasta el corno de la propaganda, porque, hoy en día, pareciera no existir ningún recoveco que se mantenga libre de anuncios: nos bombardean con promociones desde las primeras horas de la mañana hasta minutos antes de dormir.
Al entrar en las redes sociales nos cuelan cientos de anuncios, nuestro streaming favorito se ve interrumpido constantemente con spots; encendemos la FM y las pausas publicitarias se hacen eternas, hacemos una búsqueda en internet y los primeros resultados son sitios patrocinados. De camino al trabajo nos comemos tantas propagandas como esquinas hay a nuestro paso, además, es habitual que nuestro recorrido se vea entorpecido por un joven precarizado que nos hace entrega de un panfleto que se convertirá en basura apenas encontremos un cesto de residuos –si somos medianamente cívicos-; subimos al transporte público y vemos un banner de una compañía que nos invita a contratar su servicio de telefonía.
Ni siquiera en la calma y el silencio de nuestro hogar podemos escapar, ya que uno puede tener la desdicha –como yo la tuve el fin de semana mientras cocinaba en un estado reflexivo- de que una avioneta vuele sobre su techo promocionando un show, o un partido, o un casino… qué más da, mientras el anunciante pague, la avioneta volará contaminando la calma dominical.
En la antigüedad los chinos usaban una técnica de tortura bastante simple que consistía en atar al recluso y dejar que un cuenco vierta gotas de agua ininterrumpidamente sobre él, parece inofensivo o poco cruel, pero funcionaba, la víctima, tarde o temprano, se quebraba. Hoy, cada publicidad es una gota y más temprano que tarde usted puede convencerse de que la Coca Cola tiene sabor a felicidad o que al beber una Quilmes está saboreando el encuentro, por más que sea un ermitaño o un depresivo cuyo horizonte se ve difuso.
Ante este panorama, queda claro que la publicidad es la forma más extendida de comunicación: está en los medios de difusión, en el cine, en la vía pública, en la política, en la web, en las bibliotecas y, en ocasiones, penetra sin pedir permiso en la intimidad de nuestro hogar, aun cuando permanezcamos offline. Sin embargo, más allá del hastío que provoca, lo preocupante es que la propaganda no transmite únicamente un mensaje comercial, también influye en el lenguaje, educa y promueve valores desde una posición de privilegio conquistada a fuerza de billetes.
En términos jungianos, el marketing actual forma y transforma al inconsciente colectivo. Así, las niñas son expuestas desde una muy temprana edad al rol que se les han asignado a las mujeres en la sociedad occidental, mientras que a los niños se les inculca el objetivo de convertirse en un ‘macho alfa’, en alguien con el suficiente dinero y poder para disponer de tantas mujeres y esbirros como desee. No obstante, el contexto socioeconómico y cultural les impide cumplir con esa prerrogativa, porque un joven precarizado no puede mantener a una familia tal como lo hacía su abuelo y una muchacha no puede invertir horas y dinero en el salón de belleza como el resto desearía que hiciese, porque, en la mayoría de los casos, ni los unos ni las otras cuentan con esos recursos.
De esta manera, desde la más tierna infancia se le inserta al ciudadano una insatisfacción que años más tarde es explotada constantemente por el marketing: no importa si usted no se siente exitoso, no debe serlo, solo aparentarlo. “Tomé una tarjeta de crédito, endéudese, vístase como un dandi o como una reina, compre este teléfono que usan los ricachones. Vaya a comer a ese restaurante carísimo para aparentar status en Instagram, no se preocupe por el pago, tenemos flexibles cuotas –pero ojo, si no paga, trabajamos con un excelente estudio jurídico que le hará la vida imposible y, si todavía se mantiene en calidad de moroso, le embargaremos lo poco que tenga-“.
En mi tediosa formación académica, hace un tiempo tuve a una ‘especialista’ en marketing como docente, sus clases no me generaban el más mínimo interés, ya que el material no coincidía ni remotamente con el nombre de la cátedra y su nexo con el mundo mediático era… rebuscado. Sin embargo, no creo que la coqueta profesora merezca crítica alguna hacia su persona, como mucho, la responsabilidad reposa en las autoridades de la casa de estudios. Lo que me llamó la atención es que la pedagoga no hablaba de personas, no hablaba de ciudadanos ni de individuos, para ella todos eran consumidores que debían ser persuadidos de comprar esto o contratar aquello.
En una de las clases pude hablar brevemente sobre mi proyecto, esta web. Estoy acostumbrado a cierto desconcierto en el interlocutor cuando hablo de EcoPress, especialmente porque donde vivo casi nadie hace periodismo ambiental y para muchos es un tanto llamativo. Aun así, la profesora no podía entender mi modelo de negocios, “no es un negocio, lo hago por convicción, porque siento la pulsión de hacerlo”, le decía. Esa idea parecía no cuadrarle por ningún lado y, para evitar rispideces, ambos ignoramos el tema el resto del cuatrimestre.
El punto de este texto, condimentado con la verborragia que me caracteriza, es que hace cerca de dos años tomé la decisión de mantener esta web libre de publicidad. Confieso que en algún momento previo promocioné algún servicio o incluí un banner publicitario, procurando que el anunciante guardara relación con el área ambiental. Pero los beneficios económicos eran ínfimos y la contradicción interna era evidente.
Ciertamente, el periodismo gráfico está en crisis, si comunicase con fines de lucro, escribir estaría al final de la lista de mis prioridades, pero no es el caso. Hoy a la mañana, mientras pensaba en cómo trazar estas líneas, desactivé el bloqueador de anuncios y entré a uno de los periódicos más leídos de mi provincia y, a pesar de que cuenta con una enorme espalda económica del dinero del establishment político, contabilicé nueve publicidades en una nota de apenas doce párrafos.
Cada día los anuncios en los medios gráficos cotizan menos y, para tapar el hueco, a estos medios comerciales no se les ocurre mejor idea que meter más publicidad. Además, tienen el descaro de pedir la colaboración de sus lectores porque claro, el dinero sucio no lo pueden gastar, deben limitarse a blanquearlo y devolvérselo a su “dueño”. Mientras, sus empleados cobran una miseria por hacer reportajes que, en la mayoría de los casos, no tienen el más mínimo interés en hacer.
En fin, querida lectora, tenga la tranquilidad de que en EcoPress su atención no está a la venta y que ninguno de sus datos se recopila con fines comerciales, podría hacerlo, me tomaría una tarde y una módica inversión instalar un plugin que me permita llevarlo a cabo, pero me rehúso. Como no tengo ningún interés en atraparle en mis textos para mostrarle la mayor cantidad de anuncios posibles, sepa que la verborragia es una de mis características –o defectos- a la hora de escribir.
Si llegó hasta aquí, permítame manifestarle mi enorme agradecimiento por dedicar su tiempo en leer estas palabras. Este proyecto de comunicación autogestiva se sostiene por la convicción y la pulsión de un joven de 25 años, y por el aporte de la bella comunidad que a lo largo del tiempo se ha ido conformando. Si usted lo desea, puede hacer una contribución voluntaria para hacer frente a los gastos que conlleva mantener esta tarea (servidor web, conexión a internet, mantenimiento de herramientas de trabajo, etc…) y para que este servidor pueda comer algo rico de vez en cuando, si no puede o no quiere hacerlo, sepa que haré todo lo posible para seguir escribiendo.
Foto de portada: Freepik.

