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Sexta Extinción Masiva: “gran parte de la biodiversidad desaparecerá sin que sepamos nunca de su existencia”

“La biodiversidad que hace que nuestro mundo sea tan fascinante, bello y funcional está desapareciendo inadvertidamente a un ritmo sin precedentes” alertan los especialistas. La gravedad de la situación es tal que muchos investigadores afirman que nos encontramos ante la Sexta Extinción Masiva de especies.
Por Maico Martini.

La biodiversidad mundial se reduce a un ritmo alarmante y cada año miles de especies desaparecen de la faz de La Tierra. Teniendo en cuenta a las especies que conocemos bien, el ritmo de extinción actual es unas 100 veces superior al de la tasa de referencia, es decir, a los parámetros considerados normales. La gravedad de la situación es tal que muchos investigadores afirman que nos encontramos ante la Sexta Extinción Masiva de especies.

El Informe Planeta Vivo 2024, elaborado por el Fondo Mundial para la Naturaleza –WWF-, da un pantallazo de la grave pérdida de biodiversidad global: “entre el 1970 y el 2020, el tamaño medio de las poblaciones de fauna silvestre analizadas se redujo en un 73%”, el dato surge del seguimiento de casi 35.000 tendencias poblacionales de 5.495 especies. Por su parte, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza –UICN- cataloga a más de 46.000 especies en peligro de extinción, es decir, el 28% de las especies estudiadas por la organización.

“La biodiversidad que hace que nuestro mundo sea tan fascinante, bello y funcional está desapareciendo inadvertidamente a un ritmo sin precedentes” alertan los especialistas Robert H. Cowie, Philippe Bouchet y Benoît Fontaine en un ensayo publicado en La Alianza Global Jus Semper.

En su larga historia, La Tierra fue el escenario de cinco extinciones masivas. El evento más devastador se produjo a finales del periodo Pérmico, hace unos 250 millones de años, y provocó la desaparición de más del 90% de las especies a nivel global. A su vez, la extinción masiva más conocida sucedió en el periodo Cretácico – Paleógeno, hace unos 66 millones de años, e hizo que alrededor del 75% de las especies se esfumaran, entre ellas los dinosaurios.  Todas las extinciones masivas documentadas fueron originadas por factores ambientales y/o geológicos, como una intensa actividad volcánica, alteraciones del ciclo de carbono, cambios climáticos abruptos o el impacto de meteoritos.

Muy por el contrario, la principal causa de la rápida extinción actual es de origen biótico: la extraordinaria proliferación del Homo Sapiens. “Las numerosas causas antropogénicas de la extinción masiva actual no guardan relación alguna con las causas conocidas de las anteriores”, sostienen Fontaine, Cowie y Bouchet. En ese sentido, hay un amplio consenso de que el rápido declive de la biodiversidad mundial inició en simultaneo a la migración del Sapiens fuera de África, hace unos 100.000 años.

En muchas regiones el humano se comportó como una especie exótica invasora, ya que la biodiversidad de muchos continentes o islas había evolucionado sin la presencia del Sapiens. Por ejemplo, en lo que hoy conocemos como Nueva Zelanda, las aves habían ocupado los nichos que en otras partes correspondían a los mamíferos y una decena de especies de grandes pájaros no voladores desaparecieron tan solo un siglo después de que los humanos colonizaran el lugar, algo similar ocurrió en Madagascar. En Australia las extinciones se produjeron simultaneo a la llegada del Sapiens: los humanos modernos llegaron hace unos 56.000 años y las drásticas extinciones se produjeron hace entre 51.000 y 40.000 años.

En Norteamérica la aparición del humano, hace unos 12.500 años, produjo la extinción de la fauna pleistocena, y en Sudamérica suscitó la desaparición de casi todos los grandes mamíferos. A pesar de que esta etapa coincide con el final de la última glaciación, la caza humana intensiva significó el golpe final para muchas especies ya amenazadas por el cambio climático natural.

Luego, con la aparición de la agricultura y el sedentarismo, hace unos 10.000 años, el humano intensificó su impacto en la biodiversidad. La agricultura hizo que se fomenten unas pocas especies domesticadas en detrimento de la vida salvaje y posibilitó adaptar el ambiente a las necesidades humanas, suscitando un rápido crecimiento demográfico. A su vez, el sedentarismo sentó las bases para un desarrollo tecnológico exponencial y, con cada nuevo avance técnico, el impacto humano sobre la naturaleza se incrementó; hasta llegar a la revolución tecnológica, que marca la tercera etapa del desarrollo de la Sexta Extinción Masiva.

La revolución industrial intensificó la sobreexplotación humana sobre la naturaleza, en esta etapa los impactos ambientales pasaron de escalas regionales a una condición planetaria, al punto de desencadenar un abrupto calentamiento global en tan solo un par de siglos, en comparación, los periodos de calentamiento anteriores tardaron miles de años en desarrollarse.

La voraz demanda energética basada en los combustibles fósiles, el abuso de compuestos sintéticos, el apuntalamiento del consumismo, el rápido desarrollo tecnológico y la vertiginosa evolución digital tienen consecuencias catastróficas sobre la biodiversidad. Tengamos en cuenta que cada año se generan miles de millones de toneladas de residuos, de los cuales la mayoría terminan en vertederos a cielo abierto o dispersos en la naturaleza; que cada año se deforestan billones de hectáreas de bosques y selvas, destruyendo el hábitat natural de un sinfín de especies; o que cada año se aplican miles de millones de litros de químicos tóxicos sobre los cultivos, afectando especialmente a las especies polinizadoras… La lista podría extenderse muchos párrafos, pero el hecho de que la Organización de las Naciones Unidas –ONU- advierta sobre la contaminación de la órbita terrestre grafica muy bien que el impacto ambiental de la humanidad reviste de características planetarias.

/Tom Fisk – Pexels/.

En ese sentido, el último informe de WWF advierte que en los últimos 50 años “el tamaño de las poblaciones de fauna salvaje a las que se le ha hecho seguimiento se ha reducido en casi tres cuartas partes”, a su vez, este descenso de las poblaciones “disminuye la resiliencia y amenaza la estabilidad del ecosistema. Cuando una población cae por debajo de determinado nivel, es posible que esa especie no pueda desempeñar su función habitual dentro del ecosistema”, lo cual se considera una extinción funcional. El Índice Planeta Vivo Global alerta que la biodiversidad de agua dulce fue la más afectada, con un declive del 85%, por su parte, la fauna terrestre mostró una disminución del 69% y la vida marina una reducción del 56%.

Además, la organización alerta sobre posibles puntos de inflexión. Por ejemplo, en la Amazonía la deforestación y el cambio climático están provocando una notable reducción en las precipitaciones, esto podría desembocar en un “punto de inflexión en el que las condiciones ambientales se vuelvan inadecuadas para una selva tropical. Este punto podría llegar si se destruyera el 20 o 25% de la selva, y se estima que la deforestación actual es del 14 o 17%”. De llegarse a este punto, las consecuencias serían notables a nivel global.

No obstante, Bouchet, Fontaine y Cowie destacan que “la mayor proporción de biodiversidad está formada por especies no descritas, y este problema es especialmente grave en el caso de los invertebrados, ya que la proporción de especies de insectos no descritas puede alcanzar el 80%”. Se estima que la biodiversidad mundial se compone de decenas de millones de especies, de las cuales la ciencia solo ha descrito a una pequeñísima parte.

/Pexels/.

En ese sentido, los autores hacen una especial mención a la tasa de extinción de moluscos: “llegamos a la conclusión de que entre el 7,5 y el 13% de los aproximadamente 2 millones de especies conocidas podrían haberse extinguido ya desde el año 1.500”. Además, grafican que la tasa de extinción de las plantas es “hasta 500 veces superior a su tasa de referencia”. A su turno, otros autores indican que en los últimos 400 años la tasa de extinción de mamíferos se multiplicó por 50; la tasa de referencia está establecida en una extinción cada 1.000 años, pero en la actualidad el promedio es de una especie extinta cada 16 años.

“Puede que aún no se haya producido la Sexta Extinción Masiva, pero ya se han producido tasas de extinción elevadas y enormes descensos de las áreas de distribución y de las poblaciones. (…) Gran parte de la biodiversidad desaparecerá sin que sepamos nunca de su existencia”, sentencian los especialistas anteriormente citados. Ante esta situación, surge la pregunta ¿El Homo Sapiens será agente y víctima de esta intensa desaparición de especies? Ciertamente, la humanidad ya ha demostrado una gran resiliencia a las crisis ambientales y podría esquivar la extinción; pero también hay que cuestionarse ¿queremos habitar un mundo menos vivo?

Ante esta crisis, la respuesta de la comunidad internacional es similar a las acciones implementadas para limitar el calentamiento global, y sus resultados son semejantes. Los miembros de la ONU mantienen conferencias para negociar acuerdos tendientes a la conservación y restauración de la naturaleza. En 2022, más de 190 países firmaron el “Acuerdo 30 x 30”, que busca proteger al menos el 30% de las áreas terrestres y marinas mundiales para el 2030, sin embargo, su implementación plantea el desafío del financiamiento, que ha suscitado acalorados debates diplomáticos. Lejos de los 200.000 millones de dólares exigidos por los países en desarrollo, que concentran la mayor parte de la biodiversidad mundial, se ha fijado una meta de tan solo 20.000 millones anuales para los planes de conservación; pero este compromiso no se cumplió.

Más allá de los discursos, los antecedentes de cooperación internacional para la protección de la naturaleza no son alentadores. En 2010 los gobiernos acordaron metas muy ambiciosas de cara al 2020: como reducir a la mitad la tasa de perdida de hábitats naturales, restaurar “al menos el 15% de las áreas degradadas” e implementar planes de producción y consumo más sostenibles. Lamentablemente, diez años después de la firma, un informe de Naciones Unidas criticó que no se había cumplido por completo ni un solo objetivo planteado. No obstante, aunque las medidas de conservación son insuficientes, se estima que sin la implementación de los planes de conservación la pérdida de biodiversidad sería entre 3 y 4 veces más grave.

Elefante victima de la caza furtiva por el tráfico de marfil. /Elephants Without Borders/.

Ante lo anteriormente descripto, una conclusión salta a la vista: el sistema civilizatorio de la humanidad es insostenible a largo plazo y, de seguir bajo los estándares actuales, tarde o temprano se producirá un quiebre irrevertible en el orden ecológico. Ignorando esta conclusión, las autoridades mundiales plantean medidas parciales para reducir el ritmo de la pérdida de biodiversidad mundial, sin atacar las causas estructurales que propician la destrucción de la naturaleza.

Más allá de los planes de conservación, es necesario reorganizar el sistema productivo, financiero y social para avanzar en pos de una sociedad que coexista armoniosamente con la naturaleza, para ello es imperante reconocernos como parte de este frágil equilibrio ecológico y comprender que las alteraciones ambientales nos afectan como personas, de una u otra forma, directa o indirectamente.

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