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La crisis económica “justifica” la depredación ambiental

Por Maico Martini, periodista ambiental.

En un país con casi el 40% de la población por debajo de la línea de pobreza (Indec), una inflación superior al 110% anual y sumido en un tragicómico contexto electoral, es normal que el cuidado de la naturaleza y la preservación de la ecología pasen a un cuarto plano, pues hay “cosas mucho más urgentes que resolver”.

Aun cuando todos los indicadores advierten sobre un colapso ecológico y una crisis ambiental que desmoronarán la civilización tal y como la conocemos, la crisis económica opaca a la ambiental y es tratada como prioridad por los gobiernos y la sociedad. Con la excusa de traer divisas y de dar trabajo, en nuestro país se han deforestado millones de hectáreas de bosques, se han aprobado ilegalmente proyectos mineros en zona glacial, se ha construido sobre humedales y se ha multiplicado exponencialmente la utilización de venenos en la agroindustria, en suma, se ha profundizado la devastación de la naturaleza, comprometiendo todos los servicios esenciales que ella nos brinda.

A pesar de que durante décadas se han profundizado las prácticas extractivas y se ha multiplicado la emisión de contaminantes en pos de un desarrollo socioeconómico constante, los resultados no han sido los deseados y la crisis ecológica se ha agravado. En Argentina este modelo no ha traído prosperidad y bonanza como se prometió, sino que ha agravado la desigualdad social y ha jugado un papel protagónico en la crisis económica actual.

La cuestión ambiental ha despertado gran preocupación y ha movilizado a un sector de la sociedad que se ve amenazado por la crisis ecológica, sin embargo, lo ambiental tiene aún una penetración social muy baja, es decir nadie se animaría a decir que es una banalidad, pero pareciera que para la opinión publica lo ambiental no es un problema urgente ni el más importante. Asimismo, como las consecuencias de la devastación ambiental no siempre se presentan inmediatamente ni explícitamente, muchas veces son invisibilizadas o desconocidas.

Por el contrario, la economía moviliza a gran parte de la ciudadanía y goza de una penetración social sumamente alta, para la opinión pública la crisis económica es el mayor problema actual y debe resolverse inmediatamente. Además, las consecuencias de la crisis económica suelen manifestarse a corto plazo y son fácilmente identificables, entonces son viralizadas y popularizadas.

En respuesta, se suelen impulsar políticas destinadas a aumentar la extracción de recursos, la producción de bienes y el incremento del consumo para reactivar y hacer crecer la economía, sin importar el impacto ambiental generado por tales actividades. En algunos sectores (Liberalismo económico), la naturalización de la depredación ambiental ha llegado al punto de preguntarse: “si una empresa contamina el río ¿Cuál es el problema?”.

La campaña electoral es un claro indicador de la importancia política que toma la ecología. Los tres candidatos que tienen posibilidades reales de asumir la presidencia (Massa, Bullrich, Milei) dejan lo ambiental en otro plano, y se enfocan en la crisis socioeconómica en la que estamos sumidos todos los argentinos.

Los objetivos esgrimidos por estos políticos hegemónicos son los de siempre: profundizar la degradación ambiental en pos de obtener divisas extranjeras y generar trabajo. Cuando el 40% de la población no puede acceder a una alimentación correcta ni satisfacer sus necesidades básicas, está claro que la devastación ecológica está “justificada” en la medida de que sirva para reducir la pobreza y mejorar la ‘calidad de vida’.  

Sin embargo y, muy por el contrario, ‘el doradismo’ de la agroindustria, de Vaca Muerta –y ahora- del Litio y la explotación petrolera en el Mar Argentino no son más que políticas de ‘emergencia’ que –aunque aumentan el Producto Bruto Interno- concentran las riquezas en pocas manos y perjudican a las poblaciones en estrecho contacto con estas actividades. Mientras los colosos del agro tercerizan la producción y operan desde las grandes ciudades, en los “pueblos fumigados” las enfermedades vinculadas a los agroquímicos aumentan exponencialmente y –como de costumbre- los más pobres son los que sufren la mayor parte de las consecuencias. Mientras las petroleras extraen arena del Litoral y la inyectan en Vaca Muerta para obtener combustibles no convencionales, en la cuenca neuquina los sismos han aumentado hasta niveles sin precedentes (en una zona con actividad sísmica baja/nula), y nuevamente quienes sufren las peores consecuencias son los menos adinerados, en particular los poblados rurales cercanos. En otras actividades hay ejemplos similares.

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La crisis económica opaca a la ambiental, eso está clarísimo. Al respecto, hay que destacar que las propuestas destinadas a frenar la crisis económica muchas veces dejan de lado la arista ambiental, y se enfocan en el modelo hegemónico de la economía lineal y de la cultura del consumo. Por su parte, el ambientalismo suele tener una óptica más holística, transversal e interdisciplinaria que no solo busca reducir el impacto de la humanidad en la naturaleza, sino que también busca mejorar la calidad de vida, disminuir la desigualdad social, incrementar los niveles de salud y, en general, construir una sociedad que tenga todas sus necesidades básicas cubiertas y que asegure la sostenibilidad a largo plazo de la especie, en un vínculo estrecho con toda la biodiversidad.

La crisis económica no es ajena a la crisis ecológica y, de hecho, la degradación ambiental agrava la crisis económica. Por ejemplo, la degradación y erosión del suelo, la falta de agua y los eventos meteorológicos inusuales tienen el potencial de desencadenar una crisis alimentaría global, que a su vez agravaría la crisis económica.

Entonces, en la búsqueda de un futuro próspero, justo, sano y equilibrado ecológicamente es necesario dejar en el pasado la falsa dicotomía entre desarrollo y ambiente, y erigir políticas macroeconómicas que vayan en sintonía con lo que el contexto ambiental/económico exigen.   

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