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Ensayo belicoso: “la guerra no solo mata a fuerza de bombazos, aniquila la posibilidad de construir futuro”

Por Maico Martini.

Seré franco estimado lector, no sé cómo iniciar el ensayo que devendrá a continuación. Para un periodista con ambiciones de escritor siempre es un rompecabezas empezar con un párrafo que capte su atención, para convencerle de que me acompañe hasta las últimas frases del siguiente texto. Siempre detesté al marketing y mi capacidad de persuasión es casi nula, por tanto, decido transparentar mi proceso de escritura, ignorando los pocos manuales de redacción que me facilitaron en la universidad. El tema que hoy nos convoca es nada más y nada menos que la guerra: la guerra como un atentado contra nuestra propia especie.

Llevo días consternado consumiendo los reportes de la guerra recientemente desatada al Sudoeste de Asia y Norte de África, con información proveniente de los medios occidentales, de los periódicos árabes y de analistas independientes. Informes que abordan los activos militares de los bandos implicados, las causas y consecuencias geopolíticas de la contienda, las explicaciones contradictorias de los anglosajones, la retórica existencialista de los sionistas, la lógica teocrática del régimen del Ayatola y el vaticinio de una fuerte crisis económica de escala global.

Se dice que en la guerra la primera víctima es la verdad, por eso procuro consultar a la mayor diversidad posible de actores mediáticos: desde los reportes convencionales de los periódicos, hasta los análisis de académicos de Estados Unidos, China o Italia y, por qué no, algunas reflexiones que comparten mis allegados en redes sociales.

Sin embargo, noto un patrón comunicativo que se repite en el ámbito mediático: la deshumanización de la guerra. Cuando un reconocido famoso fallece, las redes y los medios se plagan de aflicción, de cálidas palabras de despedida, de anécdotas y demás… Pero cuando cientos de civiles caen en un bombardeo teledirigido, la prensa lo comunica como una estadística. Así, los soldados muertos se convierten en “bajas” militares y los civiles asesinados se transforman en “daños colaterales”.

Quiero suponer, querida lectora, que usted está leyendo esto desde una zona de paz o, como mínimo, desde alguna región que no enfrenta un conflicto bélico, afortunadamente es mi caso como redactor (aunque, en ocasiones, en los barrios marginados de mi país se escuchan los disparos fruto del enfrentamiento de las pandillas, que se miden con su arsenal para controlar el mercado negro, con una notable ausencia de las fuerzas policiales, que muchas veces están implicadas, o que se ven beneficiadas por el mismo).

Por eso, considero que es necesario que intentemos empatizar con aquellos millones que se encuentran sobreviviendo en zonas de guerra, sea en Irán, en Gaza, en Ucrania, en Etiopía o en el Sahel, entre muchos otros “conflictos” armados activos en la actualidad, sean estos intraestatales o interestatales. Imaginemos la desazón, la ansiedad, la inestabilidad, la tristeza, la frustración y el miedo que conlleva vivir en una zona de combate. Pensemos en el pánico que se apodera de nuestro cuerpo al despertarse con el ruido de los bombazos, o de los fusiles, o de los gritos de nuestros vecinos sumidos en el caos.

Situémonos en la desilusión del alumno que no puede ir a clases porque su colegio fue bombardeado, en la impotencia de la médica que ve como su hospital se desborda cuando llegan decenas de personas gravemente heridas, en la pena del agricultor cuando las fuerzas hostiles fumigan su cultivo con herbicidas, en la desesperación ante la hambruna o en el pesar ante la falta de medicamentos. Interrumpamos la lectura por un momento, cerremos los ojos, respiremos profundamente e intentemos empatizar con aquellos miles de civiles que viven esa tragedia día tras día.

Habiéndonos situado en esa cruda realidad ¿A qué conclusión podemos llegar? En principio, nos percatamos de que la guerra no es como en los videojuegos: no es divertida, no goza del glamour que se presenta en la ficción, no es entretenida ni representa una oportunidad deseable para el crecimiento personal. Ciertamente, las guerras no se sustentan en causas tan nobles como proclaman los líderes gubernamentales o las cúpulas militares, usualmente esconden motivos que no son transparentados al público.  

Recuerdo que cuando era niño fui a la casa de un compañero de la escuela, su padre era veterano de Malvinas, fue dado de baja porque una bala impactó su brazo y no podía seguir combatiendo. Él me contó las penumbras que vivió en el archipiélago: el equipamiento deficiente, la falta de comida, los abusos de los coroneles, el frío, el miedo, el insuficiente entrenamiento previo y, como no, la pensión paupérrima que cobra por su incapacidad provocada en la guerra.

Aún así, debo confesar que tengo un amigo inglés, tan cercano que lo considero familia. Si juzgamos su pasaporte podríamos decir que forma parte del bando enemigo, pero él también sufrió el régimen de la corona británica y las políticas de Thatcher: durante años no pudo pisar su tierra natal ante el impago de la exorbitante deuda que dejó su formación académica.

El punto es que, si hablamos de contiendas armadas, las víctimas están en todos lados. Los civiles, los soldados rasos, de un bando y del otro. Entonces ¿Quién gana con las guerras? La respuesta es obvia: las élites. Mientras unos pocos se enriquecen, las vidas las ponen los pobres y los desdichados.

Lo dejó en claro el General San Martin, allá por el 1816, cuando escribió que “los ricos y los terratenientes se niegan a luchar, no quieren mandar a sus hijos a la batalla, me dicen que enviaran tres sirvientes por cada hijo para no tener que pagar las multas, dicen que a ellos no les importa seguir siendo colonia. Sus hijos quedan en sus casas gordos y cómodos, un día se sabrá que esta Patria fue liberada por los pobres, y los hijos de los pobres, nuestros indios y los negros, que ya no volverán a ser esclavos».

Sí, Argentina se constituyó como una nación gracias a los pobres, a los indios y a los negros. Sin embargo, ¿han visto a un negro, a un indio o a un pobre sentado en el Sillón de Rivadavia o posando con el bastón presidencial? Lo máximo a lo que puede aspirar un desposeído en este simulacro de democracia es un cargo desjerarquizado dentro del organigrama gubernamental, un escaño en el Congreso, una silla en el Concejo Deliberante de su ciudad, aunque sus proyectos rara vez sean tomados en serio por sus pares o por la prensa. Aun cuando logre generar consensos para sancionar una ley beneficiosa para el pueblo, el Ejecutivo tarda una eternidad en publicarla en el Boletín Oficial e implementarla.

Sin ir más lejos, hoy se debate la reforma a la Ley de Glaciares, una reglamentación cuyo objetivo declarado es salvaguardar las reservas estratégicas de agua dulce del país, en un contexto de calentamiento global que acelera el derretimiento de las masas de hielo permanentes. Se trata de una ley que requirió una odisea para generar consensos legislativos, que fue vetada por un gobierno autoproclamado “nacional y popular” y que, luego de su sanción definitiva en 2010, ahora busca ser modificada por una administración que supuestamente enarbola “las ideas de la libertad”-de contaminar-. Una modificación hecha a medida de corporaciones mineras transnacionales, para extraer minerales sumamente valiosos para la industria armamentística. 

Se detonan cerros enteros, se emplean miles de litros de agua, se utilizan grandes cantidades de químicos tóxicos y se destruyen ecosistemas sumamente complejos para obtener materias primas para fabricar, entre otras cosas, balas que se usan una sola vez, o misiles teledirigidos que funcionan gracias al cobre, al níquel, al litio y al coltán… Por poner un ejemplo, el uranio con el que se fabricaron las bombas atómicas detonadas en Nagasaki e Hiroshima fue extraído por miles de personas sometidas al trabajo forzado en la República Democrática del Congo, cuando todavía era una colonia de Bélgica.

En la República Democrática del Congo múltiples grupos armados militarizan las minas, muchos menores de edad son reclutados por milicias. /Photo: Samir Bol / AA / TT / kod 10611/. Año 2015.

El complejo fabril a cargo de la producción de la tecnología de la muerte se vale de todo su poder de influencia, de toda su capacidad de lobby y de la arquitectura financiera opaca para asegurarse de materias primas en cantidad suficiente y a un precio bajo para no interrumpir su línea de producción.

Así, llegamos a la disyuntiva que me motivó a sentarme a escribir estas palabras. Como humanidad nos encontramos ante un panorama desolador: el cambio climático, la rápida pérdida de biodiversidad, la contaminación química, la crisis de la basura y, en suma, el desequilibrio ambiental provocado por nosotros mismos nos pone en jaque.

Si analizamos las cinco extinciones masivas que atravesó el planeta, el rápido declive de la diversidad biológica actual es el primero provocado por orígenes bióticos: la rápida proliferación del Homo Sapiens, todas las anteriores fueron provocadas por causas geológicas. Regatear esta situación requiere un profundo cambio cultural y civilizatorio.

Es cierto que existieron tímidos avances para contrarrestar esta situación, para ralentizar la destrucción de los ecosistemas que conforman la biosfera, para mitigar el cambio climático, para menguar, aunque sea mínimamente, la contaminación. Tratados como el Acuerdo de Paris requirieron, al menos, dos décadas para materializarse y para ello se necesitó un gran esfuerzo diplomático mancomunado para que las naciones de todo el mundo consensuaran que es necesario poner un límite a la emisión de gases de efecto invernadero.

Hace ya largos años que la comunidad internacional mantiene un acalorado debate para establecer una cuota a la producción de plásticos, sin consenso aún, ya que las naciones con amplia actividad petroquímica han conformado un bloque para que eso no suceda (es de las pocas ocasiones en la que actores tan dispares como EEUU o Rusia se pusieron de acuerdo a la hora de negociar en el seno de la ONU).

Si el agujero de la capa de ozono ha dejado de ser una emergencia global es, precisamente, gracias al Protocolo de Montreal, uno de los pocos tratados internacionales ratificados por todos los miembros de Naciones Unidas. Sin este acuerdo, la atmósfera tendría una altísima concentración de agentes que perturban a la capa de ozono y el planeta sería considerablemente más cálido. Esto es fruto de una odisea diplomática encabezada por técnicos de todo el mundo.

El punto es que una crisis planetaria necesita respuestas multilaterales, para lo cual es imprescindible dialogar, entendernos, poner en común nuestros diagnósticos y las posibles soluciones que ideamos. Es verdad que los tratados internacionales no solucionarán por sí solos la múltiple crisis que enfrentamos, pero constituyen un eslabón estratégico a la hora de hacer frente al tétrico panorama actual.

Quizás pase desapercibido, pero se han salvado millones de vidas gracias a la diplomacia, al evitar que se desaten guerras o al lograr un marco normativo mínimo para proteger a la naturaleza que nos cobija.

Un homenaje de la banda británica Alt-J a los fotógrafos de guerra Gerda Pohorylle (Gerda Taro), fallecida en 1937 mientras documentaba la Guerra Civil Española, y André Friedmann (Robert Capa) que perdió la vida en 1954 tras pisar una mina en Indochina.

En reiteradas ocasiones se dice, casi como una justificación cínica, que la guerra es un aspecto natural a nuestra especie, y yo me empeño en creer que no, o en anhelar que podemos superar esa triste y bárbara forma de relacionarnos.

Se dice, también, que vivimos en una de las épocas más pacíficas de la humanidad, esa afirmación puede ser tomada como verdadera si contabilizamos los enfrentamientos armados en la actualidad; pero es una gran falacia si pensamos en el potencial destructivo del armamento actual, donde las potencias mundiales poseen más de 12.000 ojivas nucleares y mantienen una tensa calma debido a la lógica de la destrucción mutua asegurada. Eso no es paz, es terror camuflado.

No obstante, estoy plenamente consciente de que la tecnología que me permite compartir estas reflexiones fue desarrollada en el complejo militar estadounidense, de hecho, muchos inventos que usamos en nuestra cotidianeidad fueron ideados en contextos bélicos. Así, algunos podrían decir que las contiendas armadas fuerzan el desarrollo y la innovación tecnológica, con el objetivo de superar al enemigo. La pregunta es ¿necesitamos la guerra para incentivar el progreso técnico? ¿O podemos invertir directamente en I+D sin el fin de medirnos militarmente?

Hoy en día existen numerosos inventos sumamente valiosos que fueron desarrollados en el ámbito civil y, según yo lo veo, el humano mantiene una pulsión constante de superarse a sí mismo. El problema no es la falta de capacidad de innovación, es que se desembolsan sumas millonarias para sofisticar la tecnología de la muerte, en lugar de destinar todos esos recursos a solucionar las dificultades que enfrentamos.

Ante todo ello, queda claro que la guerra no solo mata en el campo de batalla, no solo destruye el ambiente a fuerza de bombazos, no solo arrasa con ecosistemas completos con el fin de proveerse de materias primas para equipar a los ejércitos, sino que aniquila cualquier posibilidad de diálogo, cualquier oportunidad de entendimiento. Así, la salida a la crisis planetaria actual se difumina poco a poco y el horizonte de erigir una sociedad más sana, más respetuosa y con una mejor calidad de vida se vuelve cada vez más borroso.

Foto de portada: Bombardeos sobre Kiev, Ucrania, 2022. /Associated Press/.

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